En el suplemento Cultural de la Vanguardia nº 644 (texto completo) aparece un artículo de Javier Gomá cuya lectura me parece relevante para
centrar el concepto de intelectualidad que necesitaríamos fuera la mayoritaria.
Hace tiempo que sigo a este autor, ensayista y filósofo, Premio Nacional de
Ensayo en 2004.
El artículo en cuestión se llama “Visión culta y corazón educado. Lecciones de la crisis” y en mi opinión sus
principales argumentos pueden resumirse en los siguientes puntos:
· La terrible crisis que estamos sufriendo puede
contemplarse como un gran experimento
antropológico mediante el cual podemos observar el grado de ilustración real de los ciudadanos en un momento en el que
están soportando una gran presión. Cuatro son los aspectos que contempla Gomá
en su punto de vista:
1) Ser culto no consiste en saber historia y poder
ejercitar un alarde impresionante de conocimiento, sino en tener conciencia histórica, es decir, comprender que todo lo humano
se halla en constante devenir.
Esta relatividad de las cosas es la que
permite que sean susceptibles de discusión, crítica, revisión y potencial
abandono. Son los fundamentalismos no democráticos los que pretenden sustraer
del debate los conceptos que consideran irrenunciables y que no deben ser
abandonados nunca.
Pero ante esta relatividad inicial, el ser
culto está obligado también a reconocer la sabiduría atesorada por lo presente
y a practicar una renovada aprobación
crítica de la tradición heredada.
Ser culto, para Javier Gomá, exige este
equilibrio intelectual que permite el debate sobre todo y, a la vez, se obliga
a reconocer las bondades de lo heredado.
Esto le lleva a decir con rotundidad que ningún tiempo pasado por la humanidad
resiste la comparación con las democracias actuales. El autor invita a
hacerse la siguiente pregunta: ¿qué otra
época distinta de la presente elegiría cualquiera para vivir si fuera pobre,
enfermo, discapacitado, extranjero, obrero, preso o disidente político? A
lo que yo añadiría y mujer.
Además, esta bondad presente en relación al
pasado no lo es sólo si utilizamos periodos de comparación de miles o cientos
de años, sino que es válida incluso si utilizamos decenios o incluso lustros. La
situación del ciudadano medio ha mejorado de forma constante. Con zigzagueos,
rodeos, ligeros retrocesos puntuales y alguna convulsión, pero la mejora ha
sido constante.
Por último, Gomá deja claro que esta visión
no puede tildarse de optimista, ya que no anticipa un futuro que no se posee,
sino llana y literalmente es una visión
culta.
2) Si esta visión es correcta, ¿de dónde surge el
enorme malestar social que se percibe?.
Lo que debe intrigar no es si el tiempo
presente es o no el mejor que ha vivido la humanidad, que lo es desde, sino por
qué prevalece una opinión contraria, una opinión inculta, incluso entre los
intelectuales del país. Este derrotismo se debe a tres causas según el autor:
·
El aumento
del mínimo vital. Hace apenas un siglo la tasa de mortalidad infantil era
terriblemente alta y el mínimo vital estaba en ese límite. Hoy el límite vital
está vinculado a no disponer de una prestación contributiva, por ejemplo. Nos
indignamos más porque es también mucho más lo que corremos el riesgo de perder.
·
Además, la
desaparición del orden natural que conferían a las personas los tiempos
pretéritos, en los que cada uno conocía lo que le correspondía hacer en armonía
con una especie de predeterminación social, nos ha obligado a asumir el sentido
de la vida desde la individualidad, con la angustia que ello puede ocasionar y
la tendencia a transferir nuestro pesimismo al mundo que habitamos.
·
Finalmente, la cultura, ese universo simbólico
compartido por los miembros de una comunidad, ha pasado de ser concebido como
el orgullo de un pueblo a estar sometido a un juicio desconfiado. Como una
especie de broma pesada, en palabras del propio autor, los pensamientos
totalitarios fracasados del pasado han dejado un poso que parece dominar
nuestro pensamiento actual que nos hace percibir la cultura como un instrumento de dominación. Hoy parece
que la cultura liberal es sospechosa de ilegitimidad que nos lleva a pensar
que no sólo vivimos en el mejor de los
mundos sino que estamos astutamente alineados.
3) La democracia supone a sus ciudadanos mayores de
edad y renuncia a suministrar verdades últimas, las concernientes al sentido de
la vida. La democracia se centra en las verdades penúltimas, las mundanas. Gomá
define la necesidad de disponer de un corazón
educado como aquél que sabe hacer coincidir el anhelo de poseer verdades
morales personales y el sano relativismo de las cosas mundanas.
4) La sociedad actual ha demostrado poseer un corazón educado que se ha manifestado en
la ausencia de violencia en las calles, el estoicismo crítico frente a los
recortes, las redes de solidaridad a favor de los más desfavorecidos, por
ejemplo.
Pero la opinión pública ha estado dominada
por un histerismo atolondrado y un muy
pobre papel de la intelectualidad. Un intelectual culto reconoce el éxito del
progreso de las democracias y en momentos de depresión debe ser capaz de
alertar de los peligros y a la vez transmitir una razonada esperanza desde la
perspectiva histórica. Gomá, en cambio, critica a aquellos intelectuales que
han disfrutado con desenfado de las horas de prosperidad y que ahora, en las
horas malas, se abandonan a una orgía de
censura de cortas miras en todas direcciones, desde posiciones ideológicas
y condiciones personales. Con ello, la intelectualidad ha alentado a la
ciudadanía a la culpabilidad de los otros, sean instituciones, partidos,
Comunidades Autónomas, la UE, el mercado, la casa real, los políticos, etc.,
como si estuviéramos abocados a un cercano colapso civilizatorio.
Finalmente, en este magnífico artículo, Javier Gomá concluye
que una opinión pública culta debe
reconocer lo mucho que hemos logrado y poseemos y que los tiempos difíciles
actuales deben apremiar a conservar el
presente y a la vez renovarlo y reformarlo para eliminar sus vicios y
corrupciones, alentando el repudio colectivo hacia las conductas
antiejemplares.
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Reconozco que la lectura de este artículo me ha reconfortado,
dada mi incomodidad ante los frecuentes momentos en los que mi posición
positiva del presente es recibida por duras críticas. Siempre he pensado
que jamás en el pasado la población ha gozado de un nivel semejante al actual a
nivel de libertades, derechos ciudadanos o protección social. En cambio, lo que
se percibe socialmente es una crítica destructiva que invita a pensar que los
dones que nos hemos proporcionado a nosotros mismos a través de la democracia
son peores que cualquier tiempo pretérito. Pues no es así. Ninguna sociedad ha
vivido en el pasado con las ventajas y los beneficios del presente. Si no
asumimos este punto inicial, la posibilidad de una destrucción civilizatoria
que nos conduzca de pronto a un terrible pasado pasa a ser potencialmente
posible. La historia nos demuestra como determinadas sociedades han sufrido
retrocesos en su progresión simplemente porque en su seno se han instalado
posiciones críticas destructivas. De hecho hay sociedades que desaparecieron
por ello.
Primera lección: respetemos lo logrado hasta ahora y reconozcamos
sus bondades.
Después, la crítica. Es inevitable que las exigencias de los
momentos difíciles actuales lleven a una dura crítica de aquello que hay que
mejorar. La falta de ejemplo por parte de aquellos que más deberían haberlo
dado incita una crítica que debe estar presente y orientarse hacia la
renovación. Hay mucho que puede ser reformado en aras de que todo sea mejor. El
presente siempre puede ser mejor.
Segunda lección: desde el respeto a lo que hemos logrado, no
hemos de renunciar a que sea aún mejor.
La salida de esta crisis habrá cambiado modelos y paradigmas
que ahora mismo apenas podemos intuir. Algunas cosas está claro que se han roto
como la percepción que la mejora individual pasa por la posesión de un número
creciente de bienes o que el valor social de las personas está en aquello que
poseen o que la individualidad está por encima de las redes de solidaridad o,
incluso, que la única fuerza de gobernanza social está depositada en los parlamentos.
Será mucho lo que veremos cambiar y que todavía no somos capaces de descubrir
del todo porque estamos inmersos en el proceso de cambio y un poco asustados
por los riesgos que todo ello conlleva.
Coincidido plenamente con Gomá: para que todos estos cambios
nos hagan progresar hacia tiempos aún mejores que los actuales para los
ciudadanos, necesitamos la visión culta y la crítica constructiva del presente.
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