En una de sus conferencias, García Lorca explicó que hay tres conceptos que hacen grande un poema.
Al primero lo llamó "la musa", y lo describió como la inteligencia del poema, la forma. Sería aquello que tan bien manejaba otro gran poeta que fue Luis de Góngora. Nadie ha manejado como él la construcción poética. Góngora trabajaba los versos, su contenido, la cadencia de sus sílabas, de sus vocales, las estrofas y todas las figuras poéticas de forma inimitable e inigualable.
Al segundo concepto don Federico lo llamó "el ángel". El ángel es la gracia, la imaginación, la inspiración. Es aquello que hace "bonito" a un poema. Ponía como ejemplo de poeta con "ángel" a Garcilaso de la Vega. Sin duda Garcilaso tenía "ángel" y sus poemas son de una belleza impresionante. En un estilo del siglo XVI, pero enormemente bellos.
El tercer concepto es el más importante según García Lorca y es aquél del que adolecen muchos que se hacen llamar "poetas" (entre los que me incluyo sin ninguna duda). Lo llamó "el duende". ¡Ah el duende!. Eso sí que es valioso. E imprescindible para ser "poeta". La musa y el ángel vienen de fuera, del exterior de lo más íntimo del poeta. En cambio el duende surge del interior. La musa y el ángel beben de la fuente poética interior. El duende es la misma fuente, el más profundo origen interior de la vena poética. Es el dolor de ser conscientes de estar vivos y que ello representa en sí mismo tener la muerte al acecho. Es el conocimiento más claro de la hiriente desdicha, del abandono, de la tristeza, del fin último e inevitable. Es desde esta fuerza desde donde surgen los grandes poemas y es aquello que tienen en su alma, en su corazón, en su cabeza y en sus manos los más grandes como García Lorca, poeta con duende donde los haya.
Musa, ángel y duende. Todos nos esforzamos con el Ángel, jugamos con las palabras e intentamos que “suenen” bien, que queden “bonitas”. Es el ángel adolescente que aprecia la belleza y quiere imitarla. Ese espíritu juvenil de amores extraviados que intentamos mantener vivo en nuestra memoria. Después, procuramos trabajar un poco los versos y las estrofas y aparece la musa. Medir, contar, construir poco a poco la estructura poética. Desde luego que este trabajo ayuda mucho a la belleza, pero, ¡qué difícil!.
¿Y el duende? ¡Ah el duende! Eso queda sólo al alcance de unos pocos…
Al primero lo llamó "la musa", y lo describió como la inteligencia del poema, la forma. Sería aquello que tan bien manejaba otro gran poeta que fue Luis de Góngora. Nadie ha manejado como él la construcción poética. Góngora trabajaba los versos, su contenido, la cadencia de sus sílabas, de sus vocales, las estrofas y todas las figuras poéticas de forma inimitable e inigualable.
Al segundo concepto don Federico lo llamó "el ángel". El ángel es la gracia, la imaginación, la inspiración. Es aquello que hace "bonito" a un poema. Ponía como ejemplo de poeta con "ángel" a Garcilaso de la Vega. Sin duda Garcilaso tenía "ángel" y sus poemas son de una belleza impresionante. En un estilo del siglo XVI, pero enormemente bellos.
El tercer concepto es el más importante según García Lorca y es aquél del que adolecen muchos que se hacen llamar "poetas" (entre los que me incluyo sin ninguna duda). Lo llamó "el duende". ¡Ah el duende!. Eso sí que es valioso. E imprescindible para ser "poeta". La musa y el ángel vienen de fuera, del exterior de lo más íntimo del poeta. En cambio el duende surge del interior. La musa y el ángel beben de la fuente poética interior. El duende es la misma fuente, el más profundo origen interior de la vena poética. Es el dolor de ser conscientes de estar vivos y que ello representa en sí mismo tener la muerte al acecho. Es el conocimiento más claro de la hiriente desdicha, del abandono, de la tristeza, del fin último e inevitable. Es desde esta fuerza desde donde surgen los grandes poemas y es aquello que tienen en su alma, en su corazón, en su cabeza y en sus manos los más grandes como García Lorca, poeta con duende donde los haya.
Musa, ángel y duende. Todos nos esforzamos con el Ángel, jugamos con las palabras e intentamos que “suenen” bien, que queden “bonitas”. Es el ángel adolescente que aprecia la belleza y quiere imitarla. Ese espíritu juvenil de amores extraviados que intentamos mantener vivo en nuestra memoria. Después, procuramos trabajar un poco los versos y las estrofas y aparece la musa. Medir, contar, construir poco a poco la estructura poética. Desde luego que este trabajo ayuda mucho a la belleza, pero, ¡qué difícil!.
¿Y el duende? ¡Ah el duende! Eso queda sólo al alcance de unos pocos…
Aquí encontraréis el texto completo de esta conferencia: TEORÍA Y JUEGO DEL DUENDE .Su lectura es una delicia íntima que os recomiendo. Es tal como era su autor.
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Si destronamos a la razón como único monarca de la interpretación de la realidad, abrimos las puertas a nuestra mente para seguir múltiples caminos definitorios. En esta visión, cabe la certeza real de mitos y leyendas, de fuerzas más allá de la naturaleza conocida y etiquetada por la razón, de posibilidades infinitas de desarrollo de fortalezas o dones que percibimos nos son propios, especiales y excepcionales. Estas posibilidades quedan mermadas, cuando no aniquiladas de raíz, cuando los eficaces mecanismos de la razón se ponen en marcha. El “esto no es posible” es un paradigma instaurado por la razón en nuestro cerebro que no nos deja avanzar.
El mundo abstracto sobrevivió durante miles de años hasta que nuestras necesidades vitales abrieron la puerta al criterio que actualmente nos domina: la razón. Probablemente esto sucedió cuando la competencia entre comunidades hizo inabordable continuar con el sistema de producción que la humanidad había utilizado durante millones de años de su historia y que ahora ya prácticamente hemos erradicado, la caza y recolección. Hace aproximadamente unos diez milenios, los espacios naturales capaces de soportar el peso de comunidades cazadoras y recolectoras se colapsaron y se mostraron insuficientes. Y se produjo un radical cambio en el sistema de producción: los humanos empezamos a realizar un uso intensivo de la naturaleza y a cultivar nuestro propio alimento. La agricultura obligó al sedentarismo y éste a la vida de la comunidad en asentamientos fijos cuyo funcionamiento hubo que regular. Propiedades, tareas comunes, procesos como el regadío, la recolección o el almacenamiento, necesidades como el gobierno y el culto, etc. crearon unas necesidades prácticas que nos obligaron a registrar las cosas de forma permanente. Aparecieron la escritura, la contabilidad, el concepto de mandatario o rey, la religión y el templo y a todo ello hubo que ponerle procesos racionales de organización y orden. La razón en su más amplio sentido, como explicación básica de la naturaleza de las cosas, inició de forma incipiente pero firme su presencia entre nosotros.
Seguimos anclados en este camino, reforzado en Occidente por los silogismos griegos, la ingeniería romana, los razonamientos cartesianos, Newton y los científicos que le siguieron, la revolución industrial y la explosión tecnológica de finales del siglo pasado. Una enciclopedia inabordable de condicionamientos nos acompleja y atenaza y sólo nos permite descubrir, crear, imaginar sobre la base de la realidad gobernada por la razón. Los aspectos más abstractos de nuestra naturaleza humana, aquellos a los que llegaron nuestros antepasados y que plasmaron con imágenes en las paredes de cuevas y refugios, están ahora reprimidos y aprisionados por la razón. La justicia, sometida al dictado de leyes escritas y pormenorizadas hasta el mínimo detalle, superando en ocasiones incluso al propio sentido de la razón. La felicidad definida y esquematizada en un abc igual para todos (más bienes, más riqueza, menos esfuerzo, menos ocupaciones, etc.). Incluso el amor, concepto abstracto al que la razón le cuesta dominar y encerrar en su cajón de definiciones y contornos exentos de matices, sobrevive con cambios radicales en su naturaleza, centrados hoy en un intercambio mercantil del tipo “lo que me ofreces compensa lo que estoy dispuesto a entregar por mi parte”, como si de una transacción económica se tratara.

