miércoles, 30 de mayo de 2012

NOS INUNDA EL ENSORDECEDOR RUIDO


Nos inunda el ensordecedor ruido

de las verdades aparentes,
tan rígidas y pétreas ellas,
apabullantes en sus devaneos.
Pero hay un eco de certezas sutiles
que hacemos como que no escuchamos,
en un disimulo constante,
embriagados de márgenes y fronteras.
Unas certezas cuyos ecos claman
en el desierto de nuestros temores.
Nos conformamos con verdades blandas
y sobrevivimos a durar apenas a su empacho.
Las otras, las que nos negamos a escuchar,
las aceptamos a veces demasiado tarde.

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martes, 29 de mayo de 2012

75 ANIVERSARIO DEL DESASTRE DEL HINDENBURG


Este año no sólo se cumple una cifra de años de las que consideramos "redondas" de la catástrofe del Titanic (100 años), sino que otro enorme medio de transporte del siglo XX tuvo un desastre colosal hace ahora 75 años: el HINDENBURG, dirigible tipo zeppelin alemán que se incendió justo cuando estaba llegando al aeropuerto de Nueva Jersey.


El Hindenburg, con sus 245 mts. de largo tenía un tamaño similar al Titanic (269 mts. de eslora), aunque su capacidad de pasajeros era drásticamente inferior (más de 2.000 personas en el Titanic por sólo unas 150 el Hindenburg, y sólo la mitad de ellos pasajeros) Como medio de transporte aéreo, hay que tener en cuenta que era mayor que tres Boeing 747 puestos uno detrás de otro. Y otro dato: la velocidad máxima del Hildenburg triplicaba la del Titanic: 135 km/h en un caso por poco más de 40  km/h. el otro.


El Hindenburg no se incendió en su vuelo inaugural, como le ocurrió al Titanic en su primera travesía atlántica, sino que durante su corta vida (se inauguró en 1936 y sufrió el desastroso incendio el 6 de mayo de 1937) pudo recorrer cientos de miles de kilómetros y llegó a cruzar 17 veces el Atlántico. Desde luego parecía un medio de transporte seguro, rápido, exitante y hasta cierto punto seguro.

El día del desastre, el dirigible estaba ya a punto de ser amarrado cuando de pronto saltó una chispa y prendió fuego al enorme depósito de más de 200.000 metros cúbicos de hidrógeno. Ardió en apenas unos segundos. En ese vuelo sólo viajaban 97 personas, 36 pasajeros y 61 tripulantes, sólo fallecieron 35, 13 pasajeros y 22 tripulantes, unas cifras insignificantes en relación a lo ocurrido con el Titanic, pero suficientes y, sobre todo, demasiado aparatoso el desastre que llegó a ser grabado, como para no significar su fin como vehículo de transporte.




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lunes, 28 de mayo de 2012

EL ROL DE LOS COLORES


Aquí tenéis una magnífica infografía sobre el rol visual que juegan los colores y las percepciones que inducen. Como complemento, al final se reproducen los colores de los sitios de internet más conocidos. Encontrada en Techking:  TESTKING.COM



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domingo, 27 de mayo de 2012

CREATIVIDAD EN LA ESCUELA: ¿ES POSIBLE?


En  uno de lo suplementos ES de La Vanguardia del año pasado, se abordaba un tema polémico: ¿La escuela mata la creatividad?. Vale la pena leerlo. ¿Sometemos a los niños a un largo periodo de adoctrinamiento en centros específicamente creados para ello a los que llamamos escuelas? ¿Creamos adultos perfectamente adaptados a lo que la mayoría de la sociedad considera "normal", eliminando desde el origen a todos aquellos que se salen de este concepto mayoritariamente establecido -los eliminamos conduciéndolos al fracaso escolar-? ¿Cuánto tiempo dejaríamos que un niño pintara un cielo de color negro o naranja o verde, cuánto tardaríamos en decirle que el cielo hay que pintarlo azul y cuánto tardaría él finalmente en pintarlo de este color? ¿Cabe en una escuela la presencia de un profesor que estimule la creatividad, podría sobrevivir a la presión de sus colegas? ¿Por qué nos pasamos la época educativa presionados para contestar con la lógica y la razón, utilizando el cerebro izquierdo, y después en el momento de entrar en el mercado laboral se nos exige capacidad de adaptación, ideas diferentes, ser creativos, capacidad de adaptación a los cambios -uso del cerebro derecho-? Vale la pena leer el artículo:

¿La escuela mata la creatividad? (Suplemento ES. La Vanguardia)

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sábado, 26 de mayo de 2012

EL TORO Y LA LUNA


Vale, lo admito, definitivamente soy un freaky. Hace tiempo que vengo sospechándolo, pero me temo que ya no me quedan dudas. Aquí hay una prueba irrefutable: me gusta la canción "El toro y la luna". Más aún (ó peor, como queráis), encuentro que la letra tiene algún punto de poesía popular... Ya está, lo he dicho. Que me perdonen los Purple !!



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viernes, 25 de mayo de 2012

SIGUES ABUSANDO DE MI


Sigues abusando de mí

en un afán que sólo puede obedecer
a la descomunal gula que te domina.
Sólo eres tú, mar, los demás
apenas pequeñas notas
de tu vasta sinfonía.
Apareces como un cielo ondulante
y desafías las fortalezas
de aquellos que sobrevivimos fuera de ti
con tus constantes asedios,
marea tras marea, ola tras ola,
tempestad tras tempestad.
No te temo en tu soberana posesión,
como no lo hacen las gaviotas
que te sobrevuelan,
pero me agreden tu autoritario dominio,
tu oceánico sometimiento,
tu impúdica presencia.
Y a pesar de todo,
diablos, sabes que te amo,
que todo me lleva a ti,
que eres el lienzo en el que dibujo
augurios y pronósticos
y en el que plasmo sueños y deseos.
Te amo por aquello que me ofusca,
por todo lo que no te entiendo,
por el secreto que con afán ocultas,
por el peregrinaje al que te obligas,
por la fuerza de tus embestidas.
Ahí estás, tú, mar,
caracoleando con aparente inocencia
y mostrándote seductor y fascinante.
Sé también que me conoces
y sabes de mi incondicional amor
en tu insistencia por perturbarme.
En el fondo no hay soberbia en tu intención,
sólo tratas de agradarme.
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P.D. Cada vez que tengo el placer de alojarme en el Gran Hotel Sol y Mar de Calpe, en Alicante, no puedo evitar dejarme seducir por la vista del mar que se goza desde sus habitaciones (las fotos de esta entrada dan fe de ello). La semana pasada estuve allí de nuevo y éste es uno de los resultados...

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jueves, 24 de mayo de 2012

COCHES CON OLOR A NUEVO


Qué gusto da cuando compruebas que las ideas originales no tienen límites. Este es un buen ejemplo. ¿Qué le falta a un coche de segunda mano? Pocas cosas porque los concesionarios se encargan de limpiarlos, dejar las carrocerías como nuevas, ponerlos a punto y ofrecer garantías y financiaciones como si se trataran de nuevos. Pero siempre falta una cosa, algo que todos hemos comentado alguna vez cuando hemos entrado en un coche nuevo: que huele a eso, ¡los coches nuevos huelen a nuevos! Puede parecer ridículo, pero eso es lo que le falta SIEMPRE a un coche de segunda mano. ¿Siempre? Pues ya no. A los creativos de Bassat Ogilvy se les ocurrió que podían poner solución a este problema y así se lo propusieron a los de Ford Selección, los que se encargan de vender los coches usados. Aquí tenéis el video que ha colgado Ford España en youtube donde lo explican todo. ¡Impresionante! Una buena idea, un experto en olores, unos directivos atrevidos y una campaña genial !!



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miércoles, 23 de mayo de 2012

LA LECCIÓN DE LAS ELECCIONES GRIEGAS


Hay noticias que se atragantan cuando las escuchas por primera vez. 21 representantes de un partido nazi son elegidos democráticamente para ocupar escaños en el Parlamento griego. Estamos inmersos en una vorágine de noticias negativas que apenas tenemos tiempo de digerirlas. Ésta, en mi opinión, es de las más graves y significativas. Grecia, el lugar donde el pensamiento humano alcanzó una categoría universal y donde, entre otras cosas, hace dos milenios y medio se inventó el germen de lo que hoy llamamos democracia, vota a representantes que no sólo tienen por bandera propuestas antidemocráticas sino que no las ocultan (por cierto, no voy a reproducirla aquí, pero si veis el anagrama de este partido es una broma de mal gusto: el símbolo nazi alemán apenas disimulado). Menos de un siglo después, un partido nazi podría volver a tener representación parlamentaria en un gobierno europeo. ¡Qué pronto olvidamos! Los propios griegos, que fueron víctimas del nacismo hace un suspiro en términos históricos, ahora los votan. Y no es ninguna tontería: casi medio millón de votos, el 7% del total (el partido más votado ha contado con apenas tres veces más votos !!!!!)

Cuando las cosas van mal dadas, nos gusta oir aquello que queremos escuchar. En este caso, el mensaje es:

* Que los males no los hemos causado nosotros y que, en general, vienen del exterior (el enemigo está fuera).


* Que nosotros nunca hemos sido responsables, sólo somos víctimas (ausencia de responsabilidad y victimismo).

* Que si nos dejaran en paz, nosotros mismos saldríamos de ésta. Más aún, si nos dejaran en paz lo haríamos mejor y seríamos más felices (el enemigo está fuera y no deja de insistir en hacernos daño).


* Que hay que cambiarlo todo para que todo funcione bien, incluyendo en "todo" aspectos como la libertad, la autonomía, el derecho a no estar de acuerdo... (¿a qué os suena esto?)


* Ah, y muy importante, que hay enemigos infiltrados en nuestra sociedad, normalemente inmigrantes que "no son de los nuestros" (siempre es bueno tener cabezas de turco cerca para poder actuar contra ellos...)


Ahora leo que lo peor que le podía pasar a Grecia era tener que repetir elecciones. No estoy de acuerdo, ¡es una gran oportunidad de rectificar que tiene la sociedad griega! Como soy un optimista nato, estoy seguro que en las próximas elecciones los propios griegos eliminarán la posibilidad de que los nazis se sienten en un Parlamento europeo democrático por primera vez desde la II Guerra Mundial... ¿O no?...
 
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martes, 22 de mayo de 2012

OTRA PERSPECTIVA DE LG


Un trabajo de la agencia brasileña Young & Rubicam para el home cinema de LG (LG Home Theater 3D sound system). Se trata de tres carteles de tres conocidas películas vistos desde otra perspectiva... Una idea que muestra los films desde una visión tridimensional, incluídos sus carteles de promoción. Una buena idea muy bien realizada. Compara con el original:




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lunes, 21 de mayo de 2012

MONÓLOGO DE ISABEL VIENDO LLOVER EN MACONDO


La lluvia, el bochorno, las horas que se mezclan, las cosas de Macondo, Gabriel García Márquez, su realismo mágico, preludio de Cien años de soledad... Una lectura breve que anticipa la gran obra que vendría después.

Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo
Gabriel García Márquez
1955

El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.



Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.


Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.


El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.


Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.


Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.


Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.


Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?” Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.


Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.


Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”, dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?” Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.


No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”. Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.


“Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.
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domingo, 20 de mayo de 2012

LA VUELTA AL MUNDO EN... ¡10 DÍAS!


La vuelta al mundo en ¿80? días... ¡No! En 10 días... Esta fue la apuesta de la campaña "Make it count" de Nike. Aquí tienes las pruebas:



De todas formas, mejor viajar sin tener que competir por hacerlo en poco tiempo...


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sábado, 19 de mayo de 2012

FACEBOOK SALE A BOLSA


Facebook sale a bolsa. Se prevé recaudar 16.000 millones de dólares que podrían llegar a ser 18.000. Ocupará el tercer lugar en cuanto a debuts en el mercado de valores, detrás de Visa y General Motors... Debe ser un buen negocio si las expectativas son estas... O no... El caso es que para calentar las cosas, General Motors el martes pasado anunció que dejaría de insertar publicidad en Facebook por su "escaso impacto". ¡Vaya!. El caso es que GM es el tercer mayor anunciante en USA, tras Procter & Gamble y AT&T, o sea que no es un don nadie... ¿Alguien entiende algo?

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