y abarcarlo todo.
Comprender y aspirar,
conocer, gozar.
Abrir los brazos al mundo
y dejar que nos penetre,
ahogarnos en su inmensidad.
Hay tanto que aprender.
El camino se pierde en el horizonte.
Todo es tan imprevisible.
Y nos atrevemos a hacer pronósticos,
augurios, plegarias, promesas.
Y nos otorgamos los aciertos,
como si tuviéramos algo que ver en ellos.
Sentir, es el objetivo.
Nos dedicamos
a elaborar pensamientos,
soluciones, silogismos, verdades,
cuando el secreto está en sentir.
Las emociones son la solución,
ellas son la filosofía,
el secreto, la razón.
Y nos ocupamos en ocultarlas,
en aborrecer de ellas.
¡Borremos a Descartes y su método!.
No hay cánones, no más leyes.
Fluir, diluirnos en la entropía,
tender a la imperfección,
al desastre, al abismo.
Dejarnos caer en la nada.
¡Ser felices en el no hay,
no está, no es, no existe!
y flotar en los espejismos y las utopías.
No a la perfección,
¡no a lo perfecto!
No más superficies lisas,
¡vivan los valles, las curvas,
las aristas, los errores, las rarezas!
No más ser o no ser,
no al pienso luego existo,
no al blanco o negro.
¡Viva la dictadura de los matices!
No buscar más respuestas,
pasar de las preguntas,
¡sentir, sólo sentir!.
Y dejar que el mar
acaricie nuestros tobillos
y blanquee nuestra piel
con su espuma.
Pintar de colores la noche
y al final, al final de todo,
rendir nuestros anhelos
a la presencia de la luna.











¿Una joven o una anciana?... ¡Están las dos!







Leonardo dejó inacabada esta obra, después de realizar unas aguadas de tinta, al partir hacia Milán al año siguiente de su inicio. Leonardo aún no se cotizaba como un gran artista y la obra se encargó de nuevo a Filippo Lippi que hizo una versión similar que también se encuentra en los Uffizi:






Leonardo usó con sabiduría su técnica de juegos de luz y sombra estimulando la imaginación del observador con lo que generaba una ilusión de profundidad. Leonardo desarrolla su uso pionero del claroscuro en la imagen, creando lo que parece una masa caótica de gente hundida en la oscuridad y la confusión desde la que los Magos miran hacia las figuras, brillantemente iluminadas, de la Virgen y el Niño, mientras que el mundo pagano del fondo sigue confuso y peleando, ajeno a la revelación.
