¿Cuál es la tarea de un directivo o responsable de equipos? Por mucho que adornemos la respuesta, al final siempre acabamos en lo mismo: alcanzar los resultados de negocio establecidos para su equipo, departamento, unidad o lo que sea. 
En unas empresas se hace más énfasis en el valor de las personas y en otra menos. Pero en cualquier caso, la tarea o el objetivo fundamental de un directivo o responsable de equipos se entiende que es la consecución de sus objetivos de empresa (o incrementar el valor de la acción, como dicen en las escuelas de negocio). ¿Cómo puede ser de otro modo si es la empresa –o sus dueños o sus máximos ejecutivos- quién otorga el cargo, las responsabilidades y los objetivos?
Propongo una visión diferente. ¿Y si consideramos la consecución de los objetivos de negocio una herramienta necesaria para alcanzar el verdadero fin de la tarea de un directivo y no el fin mismo? ¿Cuál sería entonces esta tarea, esta misión fundamental? Planteo que este fin prioritario sea el mantener el máximo número de puestos de trabajo y, tan importante como esto, conseguir que los miembros del equipo disfruten con lo que hacen y se desarrollen como profesionales y como personas a través de la tarea que desempeñan.
¿Y los objetivos de negocio? Una herramienta necesaria. Son imprescindibles para satisfacer las expectativas y los deseos de aquellos que arriesgan su capital para que la empresa exista. En mi propuesta la consecución del máximo nivel de resultados es aquello necesario que soportaría la auténtica misión del directivo: la felicidad de sus colaboradores.
No es una propuesta baladí. Este enfoque plantea unas formas de actuar, unos comportamientos y unas decisiones diferentes a las que provoca el tener como misión fundamental la consecución de los objetivos de negocio. Esta propuesta no significa que la orientación a los resultados no sea una competencia importante. No sólo lo es, sino que es imprescindible. ¿Cómo sino la empresa podrá ser competitiva y cómo sino el empresario sentirá que su apuesta empresarial le es satisfactoria? Por supuesto que hay que esforzarse para ser eficaces en alcanzar los objetivos. Y por supuesto que aquellos colaboradores que no hagan este máximo esfuerzo no deben tener cabida en el equipo. Lo que propongo es que los directores o responsables de la dirección de personas consideren los objetivos como una herramienta y no el fin último de su tarea. ¡El fin último debería ser el desarrollo y la satisfacción de las personas de su equipo! ¿Sobre qué podemos actuar, sobre causas o sobre consecuencias? No podemos trabajar directamente sobre consecuencias, sólo podemos modelar las causas para que las consecuencias sean las deseadas. Y los resultados, ¿qué son, causas o consecuencias? Creo que podemos estar de acuerdo en que los resultados son consecuencias. ¿Y las causas? ¡Las personas, las causas son las personas! ¡Y los directivos tienen que cuidar de ellas!
Alguien tiene que empezar a decirlo... y aplicarlo.
============================================

Si destronamos a la razón como único monarca de la interpretación de la realidad, abrimos las puertas a nuestra mente para seguir múltiples caminos definitorios. En esta visión, cabe la certeza real de mitos y leyendas, de fuerzas más allá de la naturaleza conocida y etiquetada por la razón, de posibilidades infinitas de desarrollo de fortalezas o dones que percibimos nos son propios, especiales y excepcionales. Estas posibilidades quedan mermadas, cuando no aniquiladas de raíz, cuando los eficaces mecanismos de la razón se ponen en marcha. El “esto no es posible” es un paradigma instaurado por la razón en nuestro cerebro que no nos deja avanzar.
El mundo abstracto sobrevivió durante miles de años hasta que nuestras necesidades vitales abrieron la puerta al criterio que actualmente nos domina: la razón. Probablemente esto sucedió cuando la competencia entre comunidades hizo inabordable continuar con el sistema de producción que la humanidad había utilizado durante millones de años de su historia y que ahora ya prácticamente hemos erradicado, la caza y recolección. Hace aproximadamente unos diez milenios, los espacios naturales capaces de soportar el peso de comunidades cazadoras y recolectoras se colapsaron y se mostraron insuficientes. Y se produjo un radical cambio en el sistema de producción: los humanos empezamos a realizar un uso intensivo de la naturaleza y a cultivar nuestro propio alimento. La agricultura obligó al sedentarismo y éste a la vida de la comunidad en asentamientos fijos cuyo funcionamiento hubo que regular. Propiedades, tareas comunes, procesos como el regadío, la recolección o el almacenamiento, necesidades como el gobierno y el culto, etc. crearon unas necesidades prácticas que nos obligaron a registrar las cosas de forma permanente. Aparecieron la escritura, la contabilidad, el concepto de mandatario o rey, la religión y el templo y a todo ello hubo que ponerle procesos racionales de organización y orden. La razón en su más amplio sentido, como explicación básica de la naturaleza de las cosas, inició de forma incipiente pero firme su presencia entre nosotros.
Seguimos anclados en este camino, reforzado en Occidente por los silogismos griegos, la ingeniería romana, los razonamientos cartesianos, Newton y los científicos que le siguieron, la revolución industrial y la explosión tecnológica de finales del siglo pasado. Una enciclopedia inabordable de condicionamientos nos acompleja y atenaza y sólo nos permite descubrir, crear, imaginar sobre la base de la realidad gobernada por la razón. Los aspectos más abstractos de nuestra naturaleza humana, aquellos a los que llegaron nuestros antepasados y que plasmaron con imágenes en las paredes de cuevas y refugios, están ahora reprimidos y aprisionados por la razón. La justicia, sometida al dictado de leyes escritas y pormenorizadas hasta el mínimo detalle, superando en ocasiones incluso al propio sentido de la razón. La felicidad definida y esquematizada en un abc igual para todos (más bienes, más riqueza, menos esfuerzo, menos ocupaciones, etc.). Incluso el amor, concepto abstracto al que la razón le cuesta dominar y encerrar en su cajón de definiciones y contornos exentos de matices, sobrevive con cambios radicales en su naturaleza, centrados hoy en un intercambio mercantil del tipo “lo que me ofreces compensa lo que estoy dispuesto a entregar por mi parte”, como si de una transacción económica se tratara.







