sábado, 10 de diciembre de 2011

BASHO, MAESTRO DEL HAIKÚ


Matsuo Basho fue el primer gran maestro en la creación de haikús, el más importante del periodo Edo de Japón, la que transcurrió entre los siglos XVII y XIX, previa al último periodo imperial. El haikú es un delicado tipo de poema breve de origen japonés que consiste en tres versos no rimados de cinco, siete y cinco moras respectivamente (una mora equivale más o menos a una de nuestras sílabas). Basho hizo del haikú un poema venerado, sencillo y espiritual. Buscó inspiración en los maestros que le habían precedido en la confección de poemas breves y en los largos viajes que emprendió por todo Japón. Sus poemas viven de la naturaleza que le rodea y de las cosas más simples que su experiencia le regala. Basho definió el haikú como “sencillamente lo que sucede en un lugar y en un momento dado”. Él era un defensor de que las cosas más aparentemente inútiles o comunes eran las más importantes de todas y que era necesario vivir en armonía con esa sencilla naturaleza.





El haikú atrapa un momento de la realidad que nos envuelvé a modo de pintura de trazos sencillos y casi evanescentes. Los haikús del maestro Matsuo Basho están influidos por la filosofía zen, son austeros, naturales rayando los simple y a la vez sutiles y eternos. No es fácil para la mentalidad occidental entender el fondo de los haikús de los maestros japoneses. A nuestras mentes tan racionales pueden parecerles ridículos y muy fáciles en su confección, cuando son precisamente todo lo contrario. A pesar de esa dificultad, grandes escritores occidentales han dedicado su tiempo a intentar emular a los maestros japoneses, desde Borges ó James Joyce hasta Octavio Paz o Benedetti.




Basho tiene un haikú especialmente conocido en su país, que por lo que he leído empezó a ser famoso al poco de ser escrito por el maestro. Se trata del siguiente:


El viejo estanque;
se zambulle una rana;
el ruido del agua.

 Un estanque viejo, uno cualquiera de los muchos que podemos encontrar que no sabemos ni por quién ni cuándo fueron diseñados y construidos, un estanque que nos remite a un pasado en el que alguien quiso dejar una imagen de sí mismo en un agua quieta y calma, alejada de la impetuosidad de mares y océanos, un agua donde pudieran flotar atemporales los nenúfares. Y de pronto hay una realidad, un diminuto ser con una fuerte carga simbólica tanto en Oriente como en Occidente, una carga que nosotros heredamos de los mismos egipcios, que vinculaban los amuletos con forma de rana con el renacimiento y la prosperidad, posiblemente porque la aparición de renacuajos y ranas preludiaba las crecidas del Nilo y la riqueza que ello traía para los habitantes de todo Egipto. El amuleto de la rana también se relacionaba con la diosa Herit, la que ayudó a Isis a insuflar vida en el cuerpo de Osiris, relato que se evoca en nuestros cuentos infantiles, cuando las princesas besan a las ranas que acaban convirtiéndose en maravillosos príncipes. La relación de las ranas con el agua y, por extensión, con la lluvia y las consecuencias que ésta tenía sobre el desarrollo de las cosechas, hacen que sea un animal especialmente venerado en todas las civilizaciones antiguas, desde Mesopotamia o las culturas precolombinas hasta la India, China o Japón. Y esta rana simbólica, quieta y eterna, de pronto rompe con la levedad del momento, del aire, de las aguas calmas, salta y se zambulle en el agua, que se revoluciona, que cobra vida a los ojos del mundo, que se cubre de ondas y zarandea las flotantes plantas acuáticas. Plas!, un simple sonido que atrapa un momento del universo, unos instantes de movimiento y todo vuelve a la normalidad. En apenas unos segundos, el estanque recupera su atemporalidad, la rana ha desaparecido, los nenúfares siguen flotando infinitos en el estanque, ahora aún más viejo. Todo esto y mucho, muchísimo más, es lo que nos quiso transmitir Basho con este aparentemente simple poema. Así lo entendieron los japoneses, que han respetado y enseñado estos tres versos durante más de cuatro siglos.


Un par de ejemplos más del maestro Basho:


Este cambio
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.


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Relampaguea.
Después, en las tinieblas,
grazna una garza.
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Y ahora un ejemplo de Benedetti:


Los sentimientos
son inocentes como
las armas blancas.


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Y otro de Borges:


Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.



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Y para acabar, un “intento” de haikú de mi propia cosecha:


Miran las gárgolas
a todo el que las mira.
Qué ojos guasones.


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