lunes, 2 de marzo de 2009

SOBRE EL SÍNDROME DE BURNOUT EN LA VISITA MÉDICA

El síndrome de Burnout en la Visita Médica

PARTE I

¿QUÉ ES EL SÍNDROME DE BURNOUT?

El síndrome de Burnout o síndrome de “estar quemado” fue descrito por primera vez en la década de los setenta. Es una respuesta a la tensión o estrés laboral que se produce como consecuencia de una discrepancia entre las expectativas laborales que nos hacemos y un trabajo diario real mal asimilado y aceptado.

Inicialmente descrito como una manifestación de profesionales dedicados a la atención y el cuidado de pacientes o personas necesitadas (médicos, enfermeras, asistentes sociales, educadores, personal de seguridad, etc.), en los últimos años ha visto ampliada su descripción a otro tipo de profesionales, sobre todo los que tienen relación habitual con otras personas como clientes o colaboradores (directivos o mandos intermedios de empresas, comerciales, deportistas, etc.).

Los Departamentos de Recursos Humanos de las empresas saben que se trata de una causa importante de incapacidad laboral que precisa ser tenida en cuenta y abordada.

Las manifestaciones con que cursa el síndrome de Burnout se mueven en torno al ámbito emocional, con afectación de la conducta y el comportamiento, e insidiosos síntomas psicosomáticos.

Estas manifestaciones pueden ser:

· Emocionales: frialdad en las relaciones humanas, insensibilidad, cinismo, aburrimiento, falta de concentración, irritabilidad, negatividad, falta de autoestima, sentimientos depresivos.

· Conductuales: absentismo laboral, superficialidad en las relaciones personales, distanciamiento afectivo con compañeros o clientes, aumento de la agresividad y la conflictividad, incapacidad de relajarse, disminución de la eficiencia en el trabajo y bajo rendimiento laboral.

· Psicosomáticos: cefaleas, problemas gastrointestinales, dolores musculares, fatiga crónica, insomnio.

ETAPAS

En la aparición de esta sensación de profunda quemazón interna pueden describirse varias etapas.

· Al principio aparece una percepción paulatina y continuada del ambiente y la dedicación laboral como algo que se aleja del ideal imaginado. Esta percepción se ve acelerada por el contagio de las opiniones y los puntos de vista de compañeros de trabajo en etapas más avanzadas del proceso.

· En una fase algo más avanzada, empiezan a faltar las ganas de ir a trabajar. La idea de afrontar un día laborable se hace difícil al levantarse por la mañana.

· Poco a poco empieza a asentarse una sensación de “todo el mundo está contra mí” y se deterioran las relaciones con colegas, clientes o la “empresa” en general. Aparecen los síntomas psicosomáticos, cefalea, insomnio, problemas gastrointestinales.

· La disminución de la capacidad laboral se incrementa día a día, con una sensación de decepción que se focaliza en muchas ocasiones contra la empresa. Puede producirse absentismo laboral.

· Se alcanza una fase de frustración manifiesta, que no concede descanso a los pensamientos negativos contra todo lo relacionado con la profesión.

· Al final se alcanza una etapa de absoluta falta de vocación laboral, agotamiento emocional y síntomas depresivos cuya reversibilidad precisa de tratamiento especializado.

La aparición del síndrome de Burnout es insidiosa, es decir, las manifestaciones van apareciendo de forma paulatina e inicialmente inofensiva. Su intensidad es variable, lo que hace que se confunda con facilidad con el desgaste propio que ocasiona toda profesión.

Otra característica es que los afectados niegan sistemáticamente su existencia, aferrándose a la idea del fracaso profesional y personal. Los compañeros de trabajo son los primeros en apreciar la aparición de manifestaciones emocionales o de conducta de difícil explicación.

Se trata de un camino en el que podríamos encontrar a un cierto número de profesionales del sector. Un camino que conduce claramente hacía la infelicidad y que, de no abandonarse a tiempo, exige un gran esfuerzo para ser desandado.


FACTORES DE RIESGO

En la Visita Médica confluyen una serie de factores que la convierten en una labor profesional con riesgo de padecer este síndrome. Algunos de estos factores son:

· Se trata de una profesión que exige fluidas y continuadas relaciones con otras personas, bien sean los receptores de nuestra labor profesional (médicos, farmacéuticos) o compañeros de trabajo.

· La dificultad de relación con los profesionales sanitarios. El receptor de la visita médica tiene normalmente muchos más conocimientos sobre lo que se transmite, lo que genera inseguridad en el emisor. Por otra parte, averiguar y cubrir las expectativas de los médicos no es una tarea sencilla. ¿Qué se espera de nuestros productos?. ¿Qué espera el médico de la tarea del visitador?.

· Es una profesión comercial, en la que, más tarde o más temprano, acaban primando los resultados por encima de todo. La labor comercial tiene un punto de sana tensión que en el fondo es lo que la hace atractiva. Pero hay que estar atentos para tener siempre bajo control esta tensión.

· Los resultados no son inmediatos, hay que esperar a disponer de los datos mensuales ¡a finales del mes siguiente!, lo que puede añadir más tensión al trabajo del día a día. No se puede calibrar en cada instante el éxito o el fracaso, que se perciben a borbotones. La sensación final es la de no tener en las manos las riendas de la gestión comercial.

· La tendencia actual de las empresas a bajar el nivel de decisión a las personas directamente implicadas en los resultados. Cada vez menos las actividades promocionales nos llegan dirigidas desde la Central y cada vez más gran parte de los presupuestos están en manos del visitador médico. Si por una parte ésto obedece a una petición que desde la red se ha venido reclamando desde hace años, por otra exige un nivel de responsabilidad que algunas personas no están dispuestas a asumir. A mayor grado de autogestión, mayor responsabilidad directa en los temas. Cada uno debe valorar si su balanza personal se inclina hacia la toma de decisiones y la responsabilidad que la acompaña o hacia la tarea ejecutora decidida por otras jerarquías.

· Se forma parte de una red comercial muy amplia, constituida en ocasiones por cientos de personas, lo que deshumaniza en parte el trato con “la Central”, la empresa en suma. Se ralentiza el feed-back entre la persona y su empresa y la comunicación se percibe como difícil.

· Es una labor que exige un nivel alto de conocimientos técnico-científicos. Tanto los productos como los profesionales sanitarios a los que se dirige la comunicación, exigen estar al día en aspectos tan dispares como son la fisiopatología, la farmacología, la farmacocinética, la estadística o los mecanismos de acción de los principios activos. Esta exigencia de conocimientos recae en muchas ocasiones, además, en personas con estudios elementales o alejados del ámbito sanitario, a las que se les exige que estudien manuales técnicos o que lean publicaciones de ensayos clínicos y entiendan la especificidad de sus resultados, en ocasiones difíciles de interpretar por los propios especialistas del tema.

· La necesidad que tienen las empresas de realizar un adecuado seguimiento de las actividades y la labor profesional de sus empleados, aún más si cabe si se trata de personas con libertad de acción en cuanto a horarios o movilidad geográfica. Hay planes de trabajo que cumplir, a nivel de productos a trabajar, especialistas a visitar, actividades a implementar, rutas a realizar, etc. Hay ratios que cubrir, en cuanto a visitas/día, coberturas, etc. Y el seguimiento de todo ello, que debería entenderse y transmitirse como una herramienta útil para detectar puntos de mejora, poner en marcha planes de contingencia, medir y analizar desviaciones para su corrección, etc., en la mayoría de las veces se percibe como un puro método de control y penalización. Las personas que lo perciben como esto último, añaden una buena dosis de presión a su labor profesional.

· Los cambios profundos que se están produciendo en el sector y la inmediatez de sus consecuencias en la profesión. Medidas encaminadas a la contención del gasto sanitario que generan incertidumbre respecto a lo que pueda suceder en el futuro a corto plazo. Una lógica resistencia al cambio, sobre todo en personas con larga trayectoria profesional y con alto poder de influencia sobre el estado de ánimo de las nuevas incorporaciones, que se traduce en la expresión “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

· La sucesión imparable de fusiones, alianzas, etc. que viene produciéndose en el mercado farmacéutico desde hace unos años, que disminuyen considerablemente las dosis de seguridad que todos buscamos en el trabajo y la lealtad a una firma empresarial en concreto.

· El contacto diario, habitual, casi obligado con numerosos colegas de múltiples empresas del sector, con los que se comparten horas de conversación, desayunos, comidas, etc. Ello provoca dos efectos: de una parte la pérdida del sentimiento de pertenencia a una empresa en contraposición a las empresas competidoras y la existencia de un corporativismo a veces mal entendido, y de otra la circulación de noticias o medias noticias sobre el sector en forma de rumores, en ocasiones infundados, pero que alimentan un caldo de cultivo pernicioso y que se suma a la dificultad de comunicación empresarial mencionada anteriormente.

· La sensación de estar realizando una tarea “en contra del bien común”, fundada en la posición que adoptan en ocasiones algunos sectores de la administración, posición que poco menos que culpabiliza a la Industria Farmacéutica de todos los males que acontecen a la Sanidad Pública. El gasto en farmacia aparece en los medios de comunicación como el principal motivo del gasto en sanidad y su crecimiento se convierte en estas informaciones como la principal amenaza al sostenimiento de la Sanidad Pública. Ello genera en algunos profesionales del sector un falso sentimiento de culpa que abona la frustración.


CONSECUENCIAS

Las consecuencias de éstos y otros factores, representan la entrada en una perniciosa dinámica de negativismo y desencanto que puede ser la vía de acceso al síndrome de Burnout descrito en este artículo. Algunos de los síntomas personales y profesionales que desencadena esta situación son:

· Sentimiento profundo de que todo lo que nos rodea en el trabajo está en contra de nosotros. Los médicos, la competencia, la administración, la empresa, todo absolutamente todo está aliado para complicarnos la vida.

· Se establece una continua e inexplicable lucha interior con la empresa. Se genera una percepción negativa de todo mensaje que se recibe de “la Central”. Se hace imposible ver la más mínima mejora a cualquier aspecto que se vea modificado en las relaciones con la empresa. Una ampliación de los datos de mercado para su análisis, es complicar la gestión de los números, un cambio de vehículo de empresa hacia un modelo de mayor nivel, se queda corto respecto a “lo que debería ser”, un premio de cualquier tipo, podría haber sido mejor o contempla injusticias en su aplicación que nos afectan, etc. Se considera imposible que la empresa pueda realizar cambios a mejor. Siempre se busca una segunda intención perniciosa.

· Temor a que cualquier cambio en el entorno o en el mismo mercado pueda redundar en un rápido y radical empeoramiento de los resultados. Es un temor inconfesable que se traduce en una búsqueda constante de justificaciones y culpables externos a estos resultados.

· Sensación de que las exigencias formativas están por encima de nuestras posibilidades. Se entra en un círculo vicioso consistente en utilizar cada vez menos los argumentos técnico-científicos, centrando la promoción en las relaciones personales, y considerar inútil e innecesaria cualquier tipo de formación técnica.

· Profundo sentimiento de estar infravalorados por la empresa en general y por sus mandos en particular. El salario es poco, los incentivos insuficientes, los beneficios sociales no existen, la antigüedad o la experiencia no se reconocen, en “la Central” no escuchan, no ayudan, más al contrario, son una barrera a vencer para poder seguir realizando nuestro trabajo en condiciones.

· La empresa es un enemigo intangible que nos controla para castigarnos, se comunica con nosotros para amenazarnos o presionarnos, que se esfuerza por cambiar todo lo que hasta ahora había funcionado por complicados sistemas que nunca acaban de aprenderse y que nunca funcionarán bien.

· Percepción de que en un buen número de empresas competidoras se gana más, los incentivos son mejores, se trabaja menos o “mejor”, el ambiente es más positivo, los mandos más comprensivos, etc.

Las iniciales posiciones de fuerza frente a todo (el mercado, el entorno, la empresa, los compañeros, etc.), a medida que crecen en irritabilidad, agresividad y negativismo, van siendo interiorizadas como un fracaso personal, con un creciente sentimiento de falta de autoestima y de estar presos en un túnel sin salida.

Todo ello y mucho más se resume en una palabra: frustración. Frustración y más frustración. ¿Una exageración?. Los que trabajamos en el sector sabemos que no es así y que son muchos los profesionales de la visita médica que, en mayor o menos grado, tienen sentimientos parecidos a los descritos en los puntos anteriores.



Hasta aquí hemos realizado una somera descripción del síndrome de Burnout, hemos visto los factores de riesgo que entraña la profesión del visitador médico y las consecuencias derivadas del mismo. En el próximo número hablaremos de la autoevaluación y de las medidas que podemos tomar con el objetivo de disminuir las posibilidades de “estar quemado” en nuestro trabajo.



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(VER TABLAS PARTE I AL FINAL DEL ARTÍCULO)


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El síndrome de Burnout en la Visita Médica

PARTE II

Resumen de la Parte I:
· El síndrome de Burnout o síndrome de “estar quemado” es una respuesta personal a la tensión o estrés laboral. Cursa con manifestaciones emocionales como la irritabilidad, insensibilidad, falta de autoestima, cinismo, etc., conductuales como el absentismo laboral, el distanciamiento afectivo, el aumento de la agresividad, etc., y psicosomáticos como cefaleas, fatiga crónica, manifestaciones gastrointestinales, insomnio etc. Es un síndrome insidioso fácil de confundir con el desgaste propio de la profesión, pero que puede conducir a graves trastornos.

· La profesión del visitador médico tiene unos factores de riesgo que pueden inducir a caer en las garras de este síndrome. Sus consecuencias conducen a una frustración insoportable que puede acabar necesitando tratamiento.

A continuación intentaremos ver si podemos hacer algo al respecto para evitar padecer este pernicioso síndrome.


EVALUACIÓN

Existen cuestionarios autoaplicados especialmente diseñados para medir el síndrome de Burnout. El cuestionario de Maslach o MBI (Maslach Burnout Inventory), con algunas aplicaciones a distintos tipos de profesiones, es un cuestionario de fácil aplicación que define el grado de cansancio profesional, de despersonalización y realización personal de forma fiable.

No es motivo de este artículo de opinión tratar este punto con detalle, ya que es algo que debe quedar en manos de profesionales específicos, sólo señalar que es posible reconocer la existencia del síndrome y su grado de evolución. Cualquier profesional que crea estar inmerso en esta situación, debería acudir a un especialista y ponerse en tratamiento.

En último término, todo se reduce a hacernos preguntas como éstas:

· ¿Me agota emocionalmente mi trabajo?
· ¿Me cuesta mucho levantarme por la mañana para ir a trabajar?
· ¿Me estresa trabajar con otras personas?
· ¿Me siento cómodo y relajado con mis clientes?
· ¿Creo que el trabajo me está endureciendo en mi vida personal?
· ¿Me siento “quemado” en mi trabajo?
etc.


¿QUÉ PODEMOS HACER?

Aún aceptando que muchos de los aspectos descritos como consecuencias de padecer el síndrome de Burnout pueden tener una base real y podrían explicarse racionalmente, las soluciones a este sentimiento de frustración no podemos esperar que nos vengan de fuera, sino que tenemos que solicitar ayuda y buscarlas en nuestro interior. ¿Qué podemos hacer al respecto?.

En primer lugar, en el caso de que los compañeros de trabajo, los amigos o la familia nos hagan notar que podemos estar inmersos en un proceso como el descrito, lo primero es ponerse en manos de un especialista en tratar procesos psicopatológicos y huir de la automedicación.

Si simplemente pensamos que nos encontramos muy al principio del proceso o queremos evitar entrar en el mismo, me atrevería a proponer algunas opiniones personales al respecto:

· Lo primero convencernos de que éste es nuestro trabajo, de que nos resulta atractivo y que no sólo es una forma como otra de ganarnos la vida, sino la nuestra, es decir, la mejor. Si no logramos autoconvencernos de ello, lo mejor será buscar otro medio de ganarnos la vida. Es cierto que no se trata de la típica profesión que se menciona cuando somos niños. Nadie es “visitador médico” por temprana vocación (a excepción quizás de personas con familiares muy directos dedicados a este trabajo). Los motivos por los que se llega a esta profesión son muy diversos y difíciles de enumerar. Pero lo que es imprescindible es reconocer si nos puede llenar de satisfacción.

· Reconocer los puntos fuertes de la relación con los profesionales receptores de nuestros esfuerzos. Valorar en lo que valen las relaciones personales que se establecen, la imagen profesional que día a día nos vamos labrando, el dominio de las características de los productos que trabajamos, etc. Es decir, darnos cuenta de que nuestros esfuerzos tienen una recompensa de carácter personal.

· Hacer un esfuerzo por comprender que los compañeros no tienen que pensar igual que nosotros, que pueden opinar de distinta forma y que sus opiniones no son un ataque frontal a las nuestras, sino una fuente de enriquecimiento. Buscar el consenso, lo que implica no aferrarnos a nuestro punto de vista, sino ceder en parte para ganar globalmente.

· Buscar puntos de entendimiento con la empresa. Pensar que la empresa precisa de los mejores profesionales y que no todo lo que pone en práctica está equivocado. Todo, absolutamente todo puede analizarse desde una perspectiva positiva o negativa. Tenemos que hacer un esfuerzo auténtico y real por adoptar la visión positiva en nuestra relación con la empresa. Sólo así podremos empezar a cultivar el sentido de pertenencia y liberar la lealtad que en el fondo todos queremos tener y que nos hará sentir más seguros y mejor tratados.

· Buscar y detectar nuestro problema “princeps” con la empresa. ¿Cuál es la raíz de nuestro enfado con ella?. ¡Hay que saberlo!. Porque es seguro que hay un problema principal que genera una insatisfacción creciente. ¿Nos sentimos peor pagados que otros compañeros?. ¿No se reconoce nuestra veteranía y se hace más caso a los recién llegados?. ¿Nuestras opiniones no son escuchadas en ningún foro?. ¿No estamos de acuerdo ni nos parecen adecuadas las actividades promocionales que nos impone la empresa?. ¿Tenemos poco o excesivo margen para decidir cosas por nuestra cuenta, para actuar de motu propio?. ¿Nos sentimos capacitados para una promoción que no llega?. Tiene que haber un problema principal que arrastra a todos los demás. Hay que buscarlo, reconocerlo y poner todo nuestro énfasis y esfuerzo en que sea resuelto, solicitando un merecido aumento salarial, exigiendo que nuestra voz sea escuchada, proponiendo actividades alternativas para nuestro territorio, mostrando que somos capaces de decidir por nuestra cuenta y de que ello aporta valor a nuestro trabajo y mejora los resultados, mostrando cláramente nuestro interés por crecer profesionalmente, etc. Frente a los problemas que podamos identificar como causa de nuestra frustración hay que actuar más con el razonamiento que con la emoción. Sólo así podremos tomar la distancia adecuada para buscar y encontrar soluciones.

· Hacer frente a los inconvenientes que hacen desagradable y frustrante nuestro trabajo. Muchas de las cosas que más nos incomodan en la labor del día a día no son imprescindibles. Hablemos francamente de su eliminación con nuestros mandos, o como mínimo de la disminución de su peso.

· Por el contrario, hemos de aprender a tolerar y admitir todas aquellas actividades que sean necesarias, aunque nos incomoden. Oponernos frontalmente a ellas sólo será causa de mayor frustración e irritabilidad.

· Hacer oídos sordos a los rumores constantes que circulan en el ámbito laboral. Darnos cuenta de la distorsión que se genera de las noticias, de las exageraciones, de la misma falsedad que en ocasiones se esconde detrás de ciertos rumores. Oídos sordos. No hay que dejar que estas cosas nos influyan y, por supuesto, no tenemos que colaborar en lo más mínimo en su difusión.



En definitiva:

· Asegurarnos de que esta profesión es la nuestra y la que nos puede hacer felices.
· Esforzarnos por comprender y admitir los puntos de vista de los profesionales objetivo de nuestro trabajo y de nuestros compañeros.
· Buscar puntos de encuentro con nuestra empresa, detectando y aplicando soluciones a los principales puntos de fricción con la misma.
· No dejarnos influir por rumores, exageraciones y falsedades que circulan por el sector.

En cuanto a nuestras emociones, cabe vigilar espontáneos brotes de irritabilidad poco comunes, no abusar del cinismo, buscar la parte positiva de las cosas y huir de la negatividad destructiva e innecesaria.


CONCLUSIONES

La habitual y coloquial expresión “estoy quemado” tiene un fondo pernicioso que puede acabar en un estado permanente de cansancio emocional, ausencia lacerante de realización personal y sentimientos negativos que pueden necesitar tratamiento especializado.

Para evitar todo ello, lo primero es identificar el proceso, darnos cuenta de que estamos en un camino equivocado y ponernos manos a la obra para paliarlo en la medida que nos sea posible.

Podemos esperar que el mundo cambie a nuestro alrededor con el único objetivo de hacernos la vida más fácil. Pero, mientras ello ocurre, también podemos poner algo de nuestra parte. Reconocer que nuestro trabajo nos da muchas satisfacciones, esforzarnos en admitir otros puntos de vista, ver el punto positivo de las cosas y afrontar el futuro y todos los cambios que puedan venir con él con optimismo y esperanza. La profesión del visitador médico es la mejor que puede desempeñarse... ¡aunque sólo sea porque es la nuestra!.


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(VER TABLAS PARTE II AL FINAL DEL ARTÍCULO)

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TABLAS

PARTE I

1. Manifestaciones del Síndrome de Burnout
· Emocionales: Frialdad, insensibilidad, cinismo, aburrimiento, irritabilidad, negatividad, falta de autoestima, sentimientos depresivos.
· Conductuales: Absentismo, superficialidad y distanciamiento afectivo, agresividad y conflictividad, bajo rendimiento laboral.
· Psicosomáticos: Cefaleas, problemas gastrointestinales, dolores musculares, fatiga crónica, insomnio.

2. Etapas del Síndrome de Burnout
· Percepción inicial paulatina y continuada de la dedicación laboral como algo alejado de un ideal imaginado.
· Falta de ganas de ir a trabajar.
· Asentamiento de la sensación de “todo el mundo está contra mí”. Deterioro de las relaciones con colegas, compañeros y clientes.
· Aparición de los primeros síntomas psicosomáticos.
· Clara disminución de la capacidad laboral. Absentismo laboral.
· Frustración manifiesta, pensamientos negativos dominantes.
· Falta de vocación profesional, agotamiento emocional, síntomas depresivos.

3. Factores de Riesgo del Visitador Médico
· Profesión que exige relaciones con otras personas.
· El receptor del trabajo es una persona altamente cualificada.
· Es una profesión finalmente comercial.
· Se forma parte de amplias redes comerciales.
· Hay muchos elementos de control propiciados por las empresas.
· Las fusiones y cambios en las empresas son constantes.
· El sector está sufriendo cambios profundos a nivel administrativo.
· Existe un cierto sentimiento de realizar una tarea insolidaria con la sociedad.

PARTE II

1. AUTOEVALUACIÓN
· ¿Me agota emocionalmente mi trabajo?
· ¿Me cuesta mucho levantarme por la mañana para ir a trabajar?
· ¿Me estresa trabajar con otras personas?
· ¿Me siento cómodo y relajado con mis clientes?
· ¿Creo que el trabajo me está endureciendo en mi vida personal?
· ¿Me siento “quemado” en mi trabajo?
Etc.
En caso de sospechar que estamos en el camino de padecer este síndrome, acudir a un especialista.

2. ALGUNOS CONSEJOS
· Acudir a un especialista y huir de la automedicación.
· Convencernos de que la visita médica es la profesión que deseamos.
· Valorar muy positivamente la parte relacional de nuestro trabajo.
· Comprender a las personas que nos rodean y admitir opiniones contrarias a las nuestras.
· Buscar puntos de entendimiento con nuestra empresa.
· Ser flexible con los posibles inconvenientes que se presenten en el desarrollo de nuestra labor profesional. Intentar eliminarlos o aprender a tolerarlos.
· Hacer oídos sordos a la rumorología.

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domingo, 1 de marzo de 2009

SOBRE NUESTRA CUOTA DE INDIVIDUALIDAD

Vivimos sin atender a lo efímero de la vida en sí y nos atenazamos y obligamos a vivir cada momento con la vista puesta en hoy, mañana o, a lo sumo, pasado mañana.



Probablemente ello sea absolutamente necesario, ya que no podríamos vivir pensando continuamente en que tenemos fecha de caducidad (aunque no la conozcamos). Además, todos aspiramos a un cierto individualismo que nos haga sentir únicos y en parte dé sentido y haga tolerable nuestra existencia. Vivimos en un mundo “social” y formamos parte del engranaje de la sociedad humana de la que, por muy anárquicos que nos consideremos, no podemos evadirnos. Pero no es fácil asumir este concepto de forma individual, ya que de lo contrario el riesgo sería abandonar cualquier atisbo de creatividad y la propia sociedad no podría seguir avanzando.


La humanidad, considerada como una sociedad organizada, desde los inicios de su andadura, cuando los primeros humanos empezaron a vivir en asentamientos y a compartir el día a día con sus congéneres, se mantiene y sustenta en rígidas normas de comportamiento: credos religiosos, que amansan y permiten unirnos a todos en una “masa gobernable”, normas “higiénicas” de comportamiento, como “no matarás” o “no tomarás lo ajeno”, que son imprescindibles para la convivencia en común, o la propia monogamia, que no podemos olvidar que en su origen está evitar enfrentamientos entre los miembros varones en las sociedades primigenias y el asegurar el sustento de las mujeres con niños pequeños. Podríamos seguir y enumerar numerosas pautas muy interiorizadas pero que no podemos perder de vista que fueron aprehendidas en el caminar de la civilización, pero que el ser humano no nació con ellas implantadas en sus genes.

Nuestra especial naturaleza hace que nos aferremos a cualquier posibilidad de individualismo, como una pequeña cuota de libertad y, sobre todo, para sentir una cierta singularidad, sentirnos únicos y no parte de ese gran engranaje antes comentado. Y ello sólo ocurre con el ser humano, ya que en otras especies sociales no se produce esta reacción y todos los componentes de la “sociedad” aceptan un rol totalmente subordinado al interés común, sin salirse ni un ápice de su papel “social” (sólo hay que pensar en las abejas, por ejemplo). Esa cuota de individualismo que todos anhelamos, sólo podemos tomarla en aspectos triviales de nuestra existencia, ya que de lo contrario seríamos apartados del grupo y tildados de “anormales”, en su principal acepción. Un ejemplo: a casi todo el mundo le gusta el fútbol o, si lo referimos a un concepto genérico, los deportes de masas, y hay personas que dicen con cierta dosis de orgullo (¡individualismo!): pues a mi no. ¿Y nos parece importante?. Es un aspecto cláramente trivial, pero que refuerza la singularidad. En cambio, ¿qué le ocurriría al que quisiera romper una norma “higiénica” de comportamiento como “no matarás”, por ejemplo?. Evidentemente lo apartaríamos del grupo: ¡es peligroso para el mantenimiento del grupo!. El grupo se aprovecha de todo ello, ya que en última instancia son personas concretas las que permiten seguir avanzando a la sociedad en su globalidad, rompiendo en ocasiones con dogmas que en su momento tuvieron sentido o un fin protector del grupo, pero que con el avance social van quedando obsoletos (por ejemplo, el cuidado de los ancianos cuando ya no pueden valerse por si mismos: no siempre fue así, ya que antes de convertirnos al sedentarismo, una norma “higiénica” de comportamiento decía exactamente lo contrario).

Y aquí está el problema: queremos ser únicos en aspectos poco importantes y organizamos auténticas batallas campales en defensa de estas pequeñas cuotas de unicidad, batallas que obviamente nos generan una fuerte tensión interior que en ocasiones se destila en comportamientos ariscos, tristeza, desencanto con el entorno y, lo más importante, infelicidad. A mayor necesidad de individualismo, mayor tensión interior y con el entorno. ¡Y necesitamos como sociedad el singularismo para avanzar!. ¿Cómo solucionar esta paradoja?.


Podemos conservar nuestra singularidad (¡recordemos que el fin último de la misma es hacer tolerable una existencia que tiene fecha de caducidad!) y, a la vez, buscar que todo sea más sencillo.

Para ello podríamos tener en cuenta algunas premisas como punto de reflexión:
· Las tensiones sólo existen porque nosotros las creamos. Siempre podemos adoptar la postura “grupal” y dejar de lado la “singular”. Lo que hace necesario que sepamos valorar cuándo la tensión que se generará con una postura “singular” nos dará una satisfacción proporcional en nuestro individualismo.
· Es una absurda pérdida de energía generar tensiones con aspectos extremadamente triviales de nuestra existencia. Esto, que dicho así a cualquiera puede parecerle lógico, ¡lo incumplimos sistemáticamente!.
· Tenemos una natural tendencia a complicar las decisiones (ello refuerza nuestro individualismo), olvidando que la gran mayoría de decisiones que tenemos que tomar cada día son triviales: la decisión más sencilla es la que nos ahorrará más tensiones.
· Subamos un poco más el tono: todo lo que hagamos en nuestra vida estará absolutamente olvidado en un par o tres de generaciones a lo sumo. Sólo unos pocos genios serán capaces de hacer perdurar algún aspecto de su existencia por más tiempo. Es necesario, por tanto, relativizar la trascendencia de los asuntos que nos exigen tomar decisiones y de las decisiones mismas.
· Abordar con calma y objetividad cualquier asunto profesional o personal que nos suceda siempre nos ayudará a encontrar las soluciones más sencillas.
· Tenemos que buscar una cierta “paz interior” a través de asimilar y poner en práctica en cada ocasión que podamos conceptos como la tolerancia (que cada cual asuma las tensiones que considere oportunas), la comprensión (todos tenemos derecho a buscar nuestras cuotas de individualidad), la sencillez (soluciones sencillas = tensiones menores) y cuantas cualidades nos permitan sentirnos suficientemente singulares pero nos generen el mínimo de tensiones con el entorno.

(2002)
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miércoles, 25 de febrero de 2009

SOBRE EL ORIGEN DE LOS NOMBRES Y APELLIDOS

SOBRE EL ORIGEN DE LOS NOMBRES Y APELLIDOS


Hacía días que me rondaba por la cabeza buscar los orígenes etimológicos de los nombres y apellidos y estas vacaciones he podido por fin dedicarle un poco de tiempo a este asunto. Hay algunos diccionarios interesantes y no muy caros que dan suficiente información al respecto para personas interesadas. Cuando compré el de nombres propios quedé impresionado, pues contiene más de 13.000 nombres, contando todas sus variantes y equivalencias. Bien es cierto que el autor ha incluído incluso nombres de cómics o de personajes de cine (Tarzán, por ejemplo). Obviamente, en este libro están todos los nombres que uno pueda imaginar y por supuesto todos los nuestros.

No ocurre lo mismo con los apellidos, pues aunque el diccionario que he encontrado contiene más de 8.000, no he podido encontrar algunos de los nuestros. Incluso el mío he tenido que buscarlo en un pequeño libro que encontré, escrito nada más y nada menos que en los años 60 y que aborda específicamente los apellidos de origen catalán.


1. APELLIDOS

En primer lugar, decir que la “función” del apellido es la de acompañar al nombre de pila con el fin de evitar confusiones. Con la aparición el cristianismo y el uso extendido de los nombres de santos en los nacimientos, las repeticiones estaban a la orden del día. El uso de apodos y motes fue uno de los recursos más antiguos. Pedro “el manco” se diferenciaba claramente de Pedro “el chato”. Pronto los apellidos se heredaron de generación en generación siendo una muestra de identificación con una rama familiar determinada. Prueba de ello es que en los pueblos todavía se utilizan con normalidad los apodos familiares para designar a la gente. Como muchos sabéis, suelo pasar varios días al año en el pueblo aragonés de mi esposa. Es un pueblo del Bajo Aragón de apenas mil habitantes. Pues bien, todo el mundo tiene un mote que le designa como miembro de una determinada saga familiar. Los “Chilandros”, “Chaticos”, “Gusanos”, “Cuadrados”, “Perenas”, “Petíos”, “Pichones”, “Perreros”, “Redondos”, “Burillos”, “Cazuelas”, “Cachos”, “Bichos”, “Pelicos”, “Santonegras”, etc. se repiten constantemente cuando se habla de alguien. Es frecuente que en la mayoría de casos ya nadie recuerde el origen de esos nombres. Aunque en algunos casos el apodo sea alusivo a algo negativo, como fulana la “Putina”, nadie lo rehúsa, antes al contrario, todos se siente identificados con ese nombre ya que constituye una seña de identidad. Y lo que es aún más curioso, hoy en día todavía se crean nuevos apodos consecuencia de hechos relevantes que puedan haberle ocurrido a alguna persona en concreto. Así pues, la tradición se mantiene bien viva.

La fijación de los apellidos se inicia con la difusión del uso de documentación legal y notarial a partir de la Edad Media. A partir del siglo IX se encuentran documentos en los que los notarios y escribanos medievales empiezan a asociar al nombre de pila de personas relevantes el nombre del padre, como “Antonius filius Petri”, o bien títulos nobiliarios, “Franciscus baronus” o cargos eclesiásticos, “Bernardus monacus”. Poco a poco esta costumbre empieza también a ser utilizada por otras capas sociales en documentos notariales y parroquiales, lo que refuerza el uso de estos distintivos y su fijación como apellidos hereditarios.

El uso del apellido empieza a ser frecuente a partir del siglo XI, a lo que contribuyó el empobrecimiento de la variedad de los nombres de pila. Estos ya entonces obedecían a modas, siendo común la imitación de nombres de personas de las clases dominantes, personajes famosos o santos muy venerados, lo que redujo sustancialmente el número de nombres de bautismo. Ello hizo aún más necesario el uso de apellidos. Hay un estudio muy curioso en el que se demuestra que en los documentos del siglo X se puede encontrar un nombre distinto por cada 1,3 individuos (es decir, en 130 personas se pueden contabilizar 100 nombres de pila diferentes), cifra que se reduce a 1 de cada 3 en el siglo XI y a 1 de cada 6 en el siglo XII. Este fenómeno todavía podía encontrarse en nuestro país a principios del siglo XX. En el año 1900 en Barcelona los datos eran:

El 27% de los hombres se llamaba José.
El 15% Juan
El 12% Antonio
Manuel, Miguel, Luis y Ramón se repartían un 20%
Es decir, 7 nombres para el 75% de los hombres.

Con las mujeres los datos eran:
El 15% Carmen
El 13% Josefa
El 12% Dolores
El 9% Mercedes
El 8% Francisca
O sea, 5 nombres para el 60% de las mujeres.

Como he dicho, lo más habitual al principio fue asociar el nombre de pila al del predecesor. Los apellidos derivados del nombre del padre son con diferencia los más comunes en nuestro país. En Castilla León, Navarra y Aragón se inicia pronto el uso de la terminación –ez, -iz ó –z para esa relación de parentesco, como “Sancho González” ó “Sancho el hijo de Gonzalo”. No se sabe con exactitud el origen de esta terminación. Hay quién la asocia al uso del genitivo latino en –is con valor de posesión o pertenencia, como en “filius Caesaris” ó “el hijo de César”. Pero si fuera así hubiera perdurado también en otras lenguas de origen latino, cuando se trata de algo que sólo existe en España. Podría tratarse de un sufijo de origen prerromano, como parecen apuntar muchos topónimos de época prelatina, como Badajoz ó Jerez , y que todavía exista en vasco la presencia del sufijo –(e)z con valor posesivo, como por ejemplo de “laar” ó zarza, “laares” ó “que tiene zarzas”. En conclusión, podría ser que este sufijo tan frecuente en España sea un fósil lingüístico cedido a la lengua castellano-leonesa antigua a través del navarro (muchas palabras castellanas son préstamos del vascuence adquiridos a través de la relación medieval con el Reino de Navarra). Encontramos ya apellidos terminados en –ez en Navarra en los siglos VIII y IX, como el rey Navarro García Iñiguez que sucedió a su padre Iñigo en el año 851. Seguro que, además, el uso de este sufijo se vió reforzado en la época de dominación visigoda por el genitivo germánico latinizado en –rizi ó –riz que se ponía a continuación del nombre para indicar el origen paterno, como Roderizi, Sigerici, etc. En los siglos XI y XII el uso de este sufijo se halla ya plenamente consolidado en Castilla León en apellidos tan comunes como Martínez, López o Pérez. Debido a la especial fonética, en Catalunya este sufijo varió a –is ó –es, como Llopis (López), Peris (Pérez) ó Gomis (Gómez), y en Portugal en –es, como Peres, Rodrigues, etc.

El uso de partículas patronímicas con significado “hijo de” es muy habitual también en otras lenguas. A modo de ejemplos:
–son en inglés (Jonson, Thomson, Jackson).
–s final británica (Peters, Adams)
–sen en escandinavo (Andersen)
O- gaélico (O’Donell).
Mac- escocés (MacArthur, MacDonald).
Fitz- también escocés (Fitzgerald, Fitzpatrick), partícula derivada del “fils” ó “hijo” francés que introdujeron los normandos en el siglo XI.
–ov –ova ruso (Valerianov, Petrova).
–ski polaco (Kawalski, Kandinsky).
–vic serbio (Milosevic, Petrovic).
De- francés (Dejean, Deluc)
–ini italiano (Martini, Antonioni).
Y muchos más: El Ben- hebreo y árabe, el –moto japonés, el –poulos griego, el –ena vasco, etc.

En otro casos, la relación patronímica se realiza con el uso directo del nombre del padre, como es el caso de los apellidos Juan, Pedro, etc., o mediante el uso de la partícula “De”: De Juan, De Pedro.

Finalmente, también fueron habituales los usos como apellidos de lugares de residencia u origen, topónimos, oficios, cargos, apodos, etc.

Entre los siglos XIII y XV el uso del apellido se extiende ya por todos los estratos sociales. Cualquier persona que tuviera una mínima propiedad o fuera arrendataria de unas tierras tenía interés en que constara claramente su filiación en los documentos legales. Pero en estos siglos la elección del apellido aún era algo libre. Se podía elegir entre los apellidos o nombres de los ascendientes los que más gustaran, o bien los nombres que fueran más bonitos, respetables, etc. Fue en esos siglos en los que los apellidos aumentaron en variedad. Hay que tener en cuenta, además, que un mismo apellido en origen sufría frecuentes variaciones como consecuencia del gusto de los descendientes, del acento de cada localidad o del criterio ortográfico de los notarios o escribanos.

Hay que esperar al siglo XV para la consolidación bastante definitiva de los apellidos existentes, consecuencia de la iniciativa del Cardenal Cisneros de hacer constar obligatoriamente en los libros parroquiales los nacimientos y las defunciones. Aún así, en las zonas más rurales y entre la gente más humilde, hay apellidos que no quedan fijados hasta el siglo XIX, cuando se instaura en España el Registro Civil y se reglamenta el uso y el carácter hereditario del apellido paterno y empieza a quedar fijada la grafía de los apellidos (salvo errores de los funcionarios que siguieron produciendo modificaciones bien entrado el siglo XX).

De forma resumida, los apellidos pueden haber tenido los siguientes orígenes.
1. Prerromano, por ejemplo Velasco, Iñigo, Pacheco o el muy conocido García. Aunque la nobleza rápidamente adoptó nombres romanos tras la ocupación, la gente llana mantuvo algunos nombres de origen anterior, como son los mencionados.
2. Romano, la mayoría.
3. Judeo-cristianos, de origen bíblico hebreo o griego.
4. Judíos propiamente dichos. Son muy pocos, ya que los judíos ya tenían nombres hispánicos cuando se produjo su expulsión, a consecuencia de los muchos siglos de permanencia en la península. Los que se pudieron quedar en España, tuvieron que cambiar sus apellidos para no ser identificados como judíos.
5. Germánicos. Ojo: un apellido con origen etimológico germánico no significa que su portador tenga antepasados germánicos. Hay que tener en cuenta que en la alta edad media, la influencia germánica inducía a la gente a poner sus apellidos a sus hijos.
6. Arabes. Muy frecuentes sobre todo en Baleares y País Valenciano, donde la población musulmana permaneció hasta los inicios del siglo XVII. La mayoría son topónimos, nombres de lugares, por lo tener un apellido de éstos no significa orígenes musulmanes ni árabes. Por ejemplo, Alcalá o Almunia.
7. Gitanos. Dada la fuerte endogamia de los gitanos, hay apellidos no propiamente de origen gitano muy frecuentes entre ellos, como son Heredia, Maya o Cortés. En cambio, sí existen nombres genuinamente gitanos: Bandojé, Majoré, por ejemplo, procedentes del caló, aunque no constan como apellidos.
8. De otros países. Sobre todo franceses (Duval, Gaite), italianos (Ruso, Manzano, Picasso) y portugueses (Chaves, Abreu).

Los apellidos pueden clasificarse por otros orígenes, aparte del lingüístico. Por orden de frecuencia pueden ser:
1. Procedentes del nombre del padre. Todos los que son como un nombre de pila (mi segundo apellido, por ejemplo: Juan) y todos los que tienen el sufijo "-ez" que, como probablemente sabéis, significa "hijo de": López, Rodriguez, Sánchez, Martínez, etc.

2. Los que proceden de topónimos o nombres de lugar de procedencia o residencia: país, ciudad, aldea, propiedad, edificio, accidente geográfico. Hay muchísimos. Podrían subclasificarse a su vez en:
2.1. Procedentes de gentilicios, nombres de países, regiones, ciudades o pueblos: España, Catalán, Gallego, Sevilla, Aranjuez, Toledo...
2.2. Procedentes de nombres comunes de núcleos de población: Barrio, Barrionuevo, Vila...
2.3. Procedentes de nombres propios o comunes de ríos u otros accidentes geográficos: Segura, Río, Barranco, Ribera, Fuentes...
2.4. Procedentes de nombres comunes referentes al relieve y composición del terreno: Sierra, Valle, Cueva, Peña, Roca...
2.5. Procedentes de la vegetación: Encina, Perales, Manzano, Higueras...

3. Los que proceden de oficios, cargos o títulos eclesiásticos o de nobleza.
3.1. Cargos eclesiásticos: Abad, Capellán, Fraile, Monje
3.2. Títulos nobiliarios: Rey, Conde, Duque, Marqués.
3.3. Cargos públicos o militares: Alférez, Alguacil, Escribano, Jurado.
3.4. Oficios diversos artesanales o de comercio: Herrero, Molinero, Sastre.
3.5. Oficios derivados de la agricultura, ganadería y pesca: Labrador, Vaquero, Pescador.
3.6. Otros oficios: Caminero, Criado, Pedrero.

4. Procedentes de apodos. Es el procedimiento más antiguo para distinguir a los individuos.
4.1. De características físicas. Bajo, Rubio, Calvo, Cano, Izquierdo.
4.2. De características morales. Alegre, Bueno, Salado.
4.3. Referentes a animales. Borrejo, Conejo, Novillo, Vaca.
4.4. Referentes a plantas. Cebolla, Oliva, Trigo.
4.5. Referentes a lazos de parentesco, edad, estado civil, etc. Casado, Joven, Mellizo, Nieto, Viejo.
4.6. Otros apodos. Botella, Tocino, Porras, Cadenas.

5. Procedentes de consagraciones a Dios, bendiciones, augurios para el recién nacido, hechos relativos al nacimiento.
5.1. De carácter afectivo o elogioso respecto a Dios. Gallardo, Bueno, Bello, Alegre, Gracia, Aparicio.
5.2. Referentes a circunstancias del nacimiento. Bastardo, Expósito, Temprano.
5.3. Referentes al mes de nacimiento. Enero o Gener/Giner, Abril.

6. De origen incierto o desconocido. No se conoce, por ejemplo, la etimología de topónimos origen de algunos apellidos, como por ejemplo Toledo o Aragón.


2. NOMBRES

En cuanto a los nombres poco podemos decir del periodo prerromano. Cabe suponer el uso de nombres comunes de topónimos, procedencias, naturaleza o apodos. Hace más de 2200 años llegaron los romanos a la península y trajeron con ellos sus nombres. Estos pronto fueron adoptados por los naturales de la península. Los Publios, Licinios, Valerios, Cornelios, etc. se extienden rápidamente y podemos encontrarlos en las fuentes de la época. En las mujeres los romanos utilizaban nombres asociados a la naturaleza, nombres de pájaros, flores, plantas o piedras preciosas, como Cándida, Margarita, Rosa, Leticia, Felicia, etc. Emperador tras emperador, sus nombres son repetidos en la provincia de Hispania: Augustus, Tiberius, Druso, César, etc. Obviamente, entre las clases más humildes siguen utilizándose como nombres de pila los apodos, como el Cojo, el Negro, el Corto, etc.

A partir del siglo IV empiezan a generalizarse los nombres de bautismo de origen cristiano. Las persecuciones emprendidas por diferentes emperadores, entre las que destaca la que tuvo lugar en tiempos de Diocleciano a principios del siglo IV, generan una gran cantidad de santos, cuyos nombres se utilizan entre los cristianos con profusión, aunque en convivencia con los nombres romanos.

La presencia de los visigodos en nuestro país entre los siglos V y VIII también dejó como herencia la presencia de nombres de origen germánico en la península. Son nombres que se latinizan y quedan como Teodoricus, Grimaldus, Ermengildus, etc. Con la aparición de los francos, llegan nombres de ese origen: Francus, Galindus, Oliba, Heinricus.

A partir del siglo IX eran multitud los Juanes, Pedros, Antonios, Josés, etc., lo que como hemos visto antes obligó a empezar a utilizar otro nombre asociado el nombre de bautismo. En el siglo XVI, el Concilio de Trento (1545-1563) hizo obligatorio el uso de los nombres de santos de la iglesia entre los católicos, obligatoriedad que ha durado hasta el siglo XX en España.


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lunes, 23 de febrero de 2009

SOBRE EL AZAR

El azar, los extremos imprevistos e inesperados, la catástrofe nos resultan sucesos ajenos a nuestra existencia. Cosas que temer, pero que no van a ocurrir en este entorno previsible que es el nuestro. No hay otro. Así, organizamos nuestras vidas alrededor de alternativas posibles y comprensibles, sujetas a estadísticas tranquilizadoras que nos mantienen adormecidos en una realidad de márgenes cómodos y conocidos. Incluso los extremos de estas tranquilizantes curvas de Gauss serían tolerables. La catástrofe siempre queda más allá, oculta a nuestros más pesimistas pensamientos. Los hechos pueden tomar un camino hacia un lado o hacia el contrario, hacia el crecimiento o la extinción, hacia el goce o el dolor, con todos los matices que puede haber entre ambos polos convertidos en grados de una circunferencia. Entre esos extremos y sus puntos intermedios queremos amarrar nuestras vidas. Nuestro pensamiento racional se mantiene cálido y confortable en esa linealidad de posibilidades. Pero, ¿qué hay de lo que queda más allá? Más aún, ¿somos capaces de pensar que hay hechos posibles más allá de los extremos? ¿O que los extremos pueden ser más extraños, sorprendentes, imprevistos y enormes? Avanzamos por el centro de un cilindro cuyas paredes son los márgenes de nuestro mundo intelectual. Un cilindro que a veces puede verse zarandeado como si de un caleidoscopio se tratara, pero en cualquier caso, todo lo posible se mantendría en su interior. Pero el universo es infinito y cualquier límite que queramos construir para blindar nuestras expectativas siempre, siempre puede ser superado.



Aún más. Los avances tecnológicos aplicados a nuestra organización vital, desde los más sencillos (la llave sólo abrirá nuestra puerta, sólo la nuestra) hasta los más complejos (podemos circular a más de 100 km por hora con nuestro coche, sin pensarlo, no hay problema), y su funcionamiento demostrado miles, millones de veces nos hacen obviar los fallos, las imperfecciones, las posibilidades del desastre. Entramos en cualquier edificio sin percibir las toneladas de cemento y hormigón que tenemos sobre nuestras cabezas, sin cuestionarnos qué arquitecto, qué cálculos y medidas se hicieron o qué destreza tenían los operarios que levantaron esa mole. O nos tomamos una lata de refresco sin gastar una neurona pensando en los controles de calidad que evitarán que no se haya colado en ese lote una sustancia mortal o esté presente en el fondo de ese envase, precisamente en ése, un cristal de aristas peligrosas. Sólo máquinas que nos llevan a los extremos del cilindro, a medios o entornos que por sí mismos nos resultan extraños, por ejemplo los aviones, siguen manteniendo una aureola de riesgo que nos hace conectar con esas posibilidades catastróficas más allá de los límites. Y no es tanto la máquina como el medio: el tren, por ejemplo, es un medio que nos mantiene atados al suelo, recorriendo una camino fijo y previsible, por lo que suele ser percibido como una herramienta cómoda para desplazarnos… siempre que no se trate del Eurostar y sintamos sobre nuestras cabezas las toneladas de agua del Canal de la Mancha.

Si nos dejaran solos por la noche en medio de un frondoso bosque experimentaríamos esa sensación de riesgo incontrolado. Cualquier ruido no identificado, el movimiento de las ramas de los árboles o incluso el silencio asfixiante harían que nuestros sentidos estuvieran alerta esperando no sabemos qué tipo de catástrofe, llevándonos al extremo. Imaginemos ahora un mundo que nos mantuviera permanentemente en ese estado, como debió pasarles a nuestros antepasados lejanos. Nuestros sentidos se han ido adormilando con los siglos y ahora no son más que sombras de lo que fueron. En realidad hemos construido un armazón falso a nuestro alrededor, como si de una burbuja salvadora se tratara, incapaz de ser penetrada por aquello que haya fuera de ella, sea lo que sea. Pero debemos mantener siempre despierta nuestra intuición, ya que lo que sea existe y está ahí, agazapado, esperando el momento propicio, es decir cualquier momento, para aparecer de golpe y dejarnos exhaustos y desamparados… siempre que no hayamos entrenado ese especial olfato que puede mantenernos a flote aún en ese caso.


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sábado, 21 de febrero de 2009

viernes, 20 de febrero de 2009

SOBRE UN MUNDO EN QUE TODO TIENE QUE SUMAR CERO

Estamos acostumbrados a un mundo en que todo "suma cero". Y no es así. No nos damos cuenta de que no hay nada que sea "sólo blanco" y que lo contrario no es ser "sólo negro". Es habitual escuchar en las conversaciones la controversia y la oposición entre el "Sí" y el "No", la contundencia de la categorización de todo, incluso de las personas: fulano "es" así, mengano "es" asá, aquel es alto y sino, es bajo, o bueno-malo, aquello "es" inútil o interesante, la película "hay que verla" o "es horrible". Todo, absolutamente todo, "tiene que ser" de una forma o de la contraria. ¡¡¡¡¿Dónde están los matices?!!!!.

Todo queremos que SUME CERO, porque así nos quedamos más tranquilos. Nuestra vida es una película de buenos y malos, de cosas posibles o imposibles, de realidades o de sueños. ¡¡¡¡¡Y NO ES ASÍ!!!!.

Leí en un libro un ejemplo que, resumiendo, decía que en un juicio el juez escuchó los argumentos de una de las partes y concluyó: "Tiene Ud. razón". Pero entonces le tocó a la parte contraria, que también expuso sus razones, y el juez dijo: "Muy interesante, tiene Ud. razón". Ante este comentario una persona del público dijo: "Sr. Juez, no es posible que las dos partes tengan razón". Y el Juez remató: "Ud. también tiene razón".

Y de eso se trata: todos tenemos nuestros puntos de vista, nuestras razones, nuestra forma de enfocar los temas, de pensar, de actuar, de razonar. NADA SUMA CERO. Todo está lleno de pequeños matices, de formas irregulares, de inconcreciones. Las personas, las cosas, las expresiones están repletas de sentimientos y transmiten sensaciones. ¿Y quién se atreve a encerrar en una categoría inflexible un sentimiento, una sensación?. Una misma herida, ¿produce el mismo dolor en dos personas distintas?.

El enfoque de NADA SUMA CERO ayuda a afrontar y entender las opiniones de los demás, aunque "parezcan" ser absolutamente contrarias a las nuestras: en realidad muy probablemente ambas opiniones lo que harán será enriquecerse una a otra.

.... Y si no estáis de acuerdo con lo expuesto: pues me parecerá muy bien !!!!!, y ambos puntos de vista, en vez de restarse y sumar cero, ¡¡¡¡ DOBLARAN LOS PUNTOS !!!!. (1-1=0, pero 1+1=2 !!!!!!!).

(2001)

martes, 17 de febrero de 2009

SOBRE LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD

Hace un par de años me propuse entender en lo posible el concepto de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Pensé que, tras casi un siglo, siendo sólo un aficionado podría llegar a comprender al menos la idea que hay detrás del concepto. Bueno, al menos lo intenté. Este artículo es el resumen de todo lo que descubrí.




LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD


Albert Einstein



I. La Teoría ESPECIAL de la Relatividad

Para entender el alcance de las teorías de Einstein se hace necesario hacer referencia a otro gran pensador: Isaac Newton. En 1686, una de las cabezas más privilegiadas que ha tenido nunca la humanidad, fue capaz de capturar en su imaginación el conocimiento de las leyes que rigen la naturaleza. Por primera vez, alguien postulaba unas normas matemáticas de obligado cumplimiento en el cosmos y daba a la humanidad una visión del universo capaz de ser entendible. Las leyes de Newton explicaban tantas cosas (desde las fluctuaciones de las mareas hasta el movimiento de los planetas, desde la trayectoria de una bala de cañón hasta por qué no somos lanzados al espacio exterior si el planeta gira a nuestros pies a centenares de kilómetros por hora), que aunque a él se le reconoció su valía desde el principio y pasó el resto de su vida siendo honrado como el brillante científico que fue, costó mucho tiempo de asimilar por el resto de los mortales el alcance de sus teorías.



Los “Principios Matemáticos de Filosofía Natural”, conocidos como los “Principia”, se resumen en las tres leyes newtonianas del movimiento que postulan que
* Un objeto se mueve en la dirección que se le empuja
* Y seguirá moviéndose en línea recta hasta que otra fuerza actúe para aminorar o desviar el movimiento
* Y que cada acción tiene una reacción igual y contraria,

y la ley de la gravitación universal que establece que cada objeto del universo ejerce una atracción sobre los demás.

En estas breves líneas tan simples de enunciar, se contiene una explicación clara y contundente de todos los fenómenos que suceden a nuestro alrededor o, al menos, de todos los que podemos imaginar los simples mortales con inteligencias normales. Durante dos siglos, los postulados de Newton fueron intocables y dominaron el mundo de la física y las leyes naturales y, aunque a lo largo del siglo XX han sido muchos los descubrimientos que han abierto amplias fosas en sus teorías, aún hoy en día, más de tres siglos después de la publicación de los Principia, todos nos agarramos a sus pensamientos para seguir contemplando el universo (aunque aceptemos que las cosas ya no son tan claras y simples).

A finales del siglo XIX, las investigaciones sobre electromagnetismo empezaron a socavar la universalidad de los postulados newtonianos. Los científicos se dieron cuenta de que las observaciones de un mismo fenómeno físico podían ser diferentes si un observador se encontraba en movimiento a una velocidad cercana a la de la luz, frente a otro observador estático. Así, por ejemplo, un campo magnético podía ser observable por una de ellas y ser inexistente por la otra, y ello en el mismo espacio físico. Esto no podía ser posible con las leyes de Newton en la mano, pero los cálculos de los científicos conducían a estas conclusiones.

Albert Einstein partió de estas paradojas para dar luz a sus teorías. Fue en 1905 cuando publicó su primer artículo relacionado con este asunto, en un año que los físicos de todo el mundo celebran como un año “mágico” en el sentido de que representó un cambió radical en el pensamiento y el abordaje de las leyes físicas que habían dominado el mundo desde los Principia de Newton. En 1905, con solo veintiséis años, Einstein publicó uno tras otro cinco artículos en una prestigiosa revista de ciencia alemana de física que revolucionaron el mundo científico:

* Sobre la producción y la transformación de la luz, donde explica la esencia de la luz (por sus aportaciones en este terreno recibió el Premio Nobel de Física en 1921).
* Sobre las dimensiones moleculares, donde relaciona la viscosidad de los líquidos con el tamaño de las partículas.
* Sobre los movimientos de las partículas, donde prueba la existencia de los átomos.
* Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento, el artículo que revolucionó el mundo científico, con una nueva visión del espacio y del tiempo: su teoría especial de la relatividad.
* Sobre la inercia y la energía de los cuerpos, basado en el anterior, donde plantea que la masa y la energía son intercambiables. Dos años después, resumirá este concepto en su famosa fórmula E = mc2

Solo una mente privilegiada, única, sólo repetible de siglo en siglo (o más), es capaz de atrapar en su interior y saber canalizar hacia el mundo pensamientos de tamaño tan enorme. Cualquiera de esos cinco artículos hubiera significado por sí solo una fama merecida, ¡pero Einstein los publicó los cinco el mismo año siendo un veinteañero!.


La cosmovisión newtoniana nos decía que el espacio es un receptáculo en el que se ubica de forma precisa la materia y que el tiempo es el receptáculo de los acontecimientos en sí, de los cambios. Para Newton ambos conceptos son absolutos y fijos, están separados el uno del otro y son independientes de todas las cosas. De hecho siguen siendo así en la mayoría de nuestras cabezas. Einstein dedujo que no era así. Y para esta deducción utilizó dos postulados iniciales:

* Todo movimiento es relativo.
Siempre que se hable de un movimiento y, en consecuencia, de la velocidad de un objeto, estamos obligados a hacerlo en relación a otro objeto. Sin un observador, que puede también estar sometido a movimiento o permanecer estático, no podemos establecer la velocidad de nada. No se puede determinar la velocidad “absoluta” de ningún objeto. Los conceptos de “reposo” y “movimiento” tienen un carácter relativo en este postulado, perdiendo su categoría de conceptos “absolutos”. Es más, Einstein también postula en este punto que las leyes de la naturaleza tienen que ser las mismas independientemente del estado del observador (es decir, son las mismas tanto si eres el observador como si eres el observado). Este es un postulado importante, ya que establece unas “normas” básicas que deben servir para cualquier estado del sistema y para cualquier situación de inercia o movimiento en el que se encuentre un observador.

* La velocidad de la luz es constante.Este fue el segundo postulado inicial de Einstein. La velocidad de la luz en el vacío es constante, independiente del observador u observadores y de si éstos están en movimiento o en reposo.

Supongamos un vehículo que circula por una carretera de noche. Emite luz hacia delante por los faros delanteros y hacia atrás por los traseros:



¿Cuál de los dos rayos de luz se mueve con mayor velocidad en relación al suelo?

Según la Mecánica Clásica de Newton, la respuesta sería el delantero, pues se le debería sumar la velocidad del vehículo. Pero siendo Einstein un niño, los físicos comprobaron que la respuesta correcta es que los dos rayos se mueven exactamente a igual velocidad: la velocidad de la luz es constante, sin importar quién ni cómo la emite.

La velocidad de la luz es de 300.000 km./segundo. Para hacernos una idea, a esta velocidad se llegaría a la luna en 1,3 segundos, al sol en 8 minutos y 19 segundos y a la estrella más cercana del sol en 4,2 años (lo que por otra parte nos da también una idea de lo “vacío” que está el universo, ya que cada año la luz recorre nada más y nada menos que 9,46 millones de millones de km. – 9,46 x 1012 Km es lo que se llama un “año luz” – ).

Basándose en estos dos postulados y utilizando como herramienta de trabajo las matemáticas, Einstein dedujo las propiedades y las ecuaciones que constituyen el cuerpo fundamental de su Teoría Especial de la Relatividad (Einstein pensó en llamarla “Teoría de los invariantes”, por la idea de que las leyes de la física no varían en los diferentes sistemas inerciales, pero su colega el físico Max Planck sugirió el término “relatividad” para resaltar la noción de transformación de las leyes de la física entre observadores moviéndose relativamente entre sí).


1. Pérdida de referentes absolutos.
La primera implicación de los principios que Einstein anuncia en 1905 es la inexistencia de un tiempo absoluto válido para todos los observadores. Aún más, en realidad no existe ningún sistema de referencia absoluto, las descripciones de los fenómenos de la naturaleza dependen del sistema de referencia en el cual se hace la observación.

Así, según Einstein, el tiempo no es absoluto sino que está vinculado al movimiento del observador y depende de su velocidad. Desde puntos de observación y a velocidades diferentes, los resultados también son diferentes. Y aquí llegamos a la genialidad: el tiempo de un observador que se desplaza a gran velocidad se “dilata” en relación a otro situado en la Tierra, por ejemplo. Para ambos personajes, el tiempo transcurre “igual”, es decir, un minuto es un minuto y los relojes lo marcan de la misma forma, pero los relojes del observador que se desplaza a gran velocidad son más lentos.

Un ejemplo muy utilizado para ilustrar este punto es de los dos gemelos, uno de los cuales emprende un viaje por el espacio a una velocidad próxima a la de la luz mientras el otro permanece en Tierra. Una vez transcurridos veinte años para el gemelo que ha permanecido en Tierra, la nave regresa pero para el gemelo viajero el tiempo ha trascurrido “dilatado”, por lo que para él sólo ha transcurrido un año y de pronto es ¡19 años más joven que su hermano!.




Así pues, los intervalos temporales entre sucesos dependen del sistema de referencia en que se miden.

Hagamos un inciso aquí para responder a una pregunta que muchos nos habremos hecho alguna vez: ¿son “posibles” los viajes en el tiempo, más allá de una simple conjetura mental?. La respuesta nos la dio Einstein hace más de un siglo: hacia el futuro sí, sin ninguna duda. Nuestro cerebro se resiste a comprenderlo, pero hay que hacer el esfuerzo necesario de pensar que el tiempo es como el espacio: si podemos dar saltos en el espacio, también podemos hacerlo en el tiempo. Si tuviéramos vehículos que fueran capaces de alcanzar velocidades muy superiores a las que hoy en día somos capaces de generar (100 ó 200 mil veces superiores a las que puede alcanzar el avión supersónico más veloz, por ejemplo –y esas velocidades son menos difíciles de imaginar para nosotros como era hace tan sólo unos pocos siglos el simple concepto de “viaje espacial”-), una persona que emprendiera un viaje espacial a esas velocidades y estuviera unos pocos años fuera de la Tierra, al regresar se encontraría con un mundo en el que habrían transcurrido cientos, miles o incluso millones de años.


(1g: aceleración que produce una fuerza igual a la de la gravedad de la Tierra –viajaría a una aceleración constante de 1g-)

Hacia el pasado es más complejo. Las teorías de Einstein no lo predicen, no disponemos de ninguna demostración teórica física o matemática. Al contrario, un viaje al pasado contradiría numerosos conceptos físicos. Son demasiadas las paradojas que este viaje podría producir (alguien viaja al pasado y asesina a un antepasado suyo…). En las últimas décadas han sido muchas las teorías que se han postulado intentando demostrar la posibilidad de estos viajes. En el Universo podrían existir un tipo especial de agujeros negros llamados “agujeros o túneles de gusano” que vendrían a ser una especie de conexión entre dos agujeros negros que podrían permitir el desplazamiento entre distancias enormes de forma rápida. Pero este viaje rápido entre lugares enormemente distantes también debería permitir aparecer en esos lugares en tiempos diferentes, es decir, podrían posibilitar los viajes al pasado.

En conclusión: viajar hacia el futuro es una posibilidad real que sólo depende de disponer de medios de locomoción adecuados y muy veloces. Viajar hacia el pasado de momento está en manos de teorías complejas no demostradas, pero a pesar de las paradojas a las que nos tendríamos que enfrentar, al final también podría ser posible.

2. El concepto de no simultaneidad.Es una consecuencia del concepto anterior. Si el tiempo es relativo, un mismo fenómeno puede ser observado en momentos no simultáneos por parte de observadores distintos.

Pongamos también un ejemplo. Imaginemos un tren que circula a gran velocidad (a una velocidad cercana a la de la luz). Estamos en la estación viendo como pasa el tren y en ese momento caen dos relámpagos “a la vez”, paralelos a la vía pero a unas docenas de metros uno del otro. Para nosotros, sentados en los bancos de la estación, no hay duda, los dos han caído de forma simultánea y así los hemos percibido.



Pero, ¿cómo los habrá observado una persona situada dentro del tren a mitad de la distancia de donde han caído?. Los relámpagos son señales de luz y ésta necesita desplazarse y ocupar un tiempo para llegar hasta donde está el observador. Como el observador se acerca a gran velocidad hacia el relámpago caído por delante de él y se aleja del mismo modo del que ha caído por detrás, observará primero el relámpago de la cabecera del tren e instantes después el de cola, pero nunca de forma simultánea. He aquí un mismo fenómeno que resulta simultáneo para un observador y no simultáneo para otro.


3. La relación entre masa y energía.En una de las fórmulas matemáticas de mayor éxito mediático (probablemente la que más), Einstein dedujo la relación entre masa y energía. En realidad, para Einstein la masa es energía latente, a cada cantidad de masa le corresponde otra de energía. La fórmula que probablemente todos recordamos es la famosa E = mc2 .


“E” energía, “m” masa y “c” velocidad de la luz

A velocidades cercanas a la velocidad de la luz, masa y energía se fusionan. La conversión de masa en energía explica el funcionamiento de las centrales nucleares, las bombas atómicas y la producción de energía en el interior de las estrellas como nuestro sol. Un ejemplo para darnos idea de la inmensa cantidad de energía que contiene una unidad de masa: sólo el 1% de la masa de una estrella cualquiera, como nuestro sol, está destinada a producir energía. ¡El sol lleva 5 ó 6.000 millones de años produciendo una inimaginable cantidad de energía y sólo ha destinado apenas el 1% de su masa a ello!. En realidad “c” al cuadrado es un multiplicador grande, muy grande…

Continuado con la cuestión de la posibilidad de viajar en el tiempo, si tenemos en cuenta la inmensa cantidad de energía que contiene la más minúscula cantidad de masa, ¿alguien duda que algún día seremos capaces de generar la energía suficiente para dar impulso a un vehículo que alcance velocidades hoy por hoy inimaginables?. Sabemos donde está la fuente de combustible (¡en cualquier objeto!) y sólo es cuestión de tiempo para que seamos capaces de dominarla y aplicarla. La salida y entrada de la atmósfera terrestre, que podrían plantearse como los principales problemas, por la fricción con las partículas del aire, el calentamiento que ello produce y la necesidad de tomar tierra de forma muy pero que muy suave para evitar dañar a los ocupantes de las naves, son cuestiones que ya tenemos resueltas. Una vez en el espacio, da lo mismo moverse a 10.000 km./h. que a 100.000 km./seg. (obviamente, aceptando un cierto grado de exageración en este comentario). Podemos imaginar un futuro no tan lejano en el que exista un aeropuerto especial para dar la bienvenida a las naves provenientes del pasado remoto…

Una implicación de la relación entre masa y energía es que pone límites superiores a las leyes físicas. Ninguna masa puede alcanzar la velocidad de la luz. Cuando un objeto se acerca a la velocidad de la luz, la cantidad de energía requerida para seguir aumentando su velocidad aumenta hacia el infinito, por lo que en la práctica es inalcanzable. (Sólo partículas sin masa, como los fotones, pueden alcanzar la velocidad de la luz y, de hecho, se mueven a esa velocidad).

Einstein dio a entender que la idea de unión intrínseca entre masa y energía era la consecuencia más importante de su teoría de la relatividad especial.



II. La Teoría GENERAL de la Relatividad


Einstein en 1922 en Paris explicando su Teoría General de la Relatividad


Pero tras la publicación y los enunciados de la Teoría Especial aún estaba por venir lo mejor. Dicen algunos autores que de no haber sido Einstein quién anticipó los postulados de la Teoría Especial, no mucho más tarde lo hubiera hecho otro de los grandes científicos de su tiempo. Lo que realmente hizo grande a Einstein fueron las deducciones de lo que llamó la Teoría General. En palabras de Boorse, Motz y Weaver, tres relevantes físicos de mitad del siglo XX, la Teoría General de Einstein, “como creación de una sola inteligencia es sin duda alguna el logro intelectual más elevado de la humanidad”. Aunque se trata de físicos elogiando a un colega, realmente las ideas de Einstein constituyen un hecho relevante, ya que cambiaron la concepción del mundo y del universo hasta el extremo que, casi un siglo después, aún nos cuesta subirnos a su carro y bajarnos de las explicaciones de la realidad previas a las deducciones de su mente.

Einstein se dio cuenta que en sus artículos de 1905 trataba sobre cosas que se movían en un estado libre de trabas. Pero, ¿qué ocurría cuando las cosas, la luz por ejemplo, se encontraba con un obstáculo como la gravedad?. Además, sus conceptos relativos de la observación de los fenómenos, según la situación de los observadores y de la velocidad, chocaba con el concepto universal de la gravedad postulado por Newton, donde la fuerza gravitatoria de la Tierra, por ejemplo, era la misma observada desde la luna o desde cualquier otro lugar del Universo.

Por otra parte, Einstein se dio cuenta de que la Teoría de la Gravedad de Newton chocaba con su postulado de una velocidad de la luz constante pero concreta. Supongamos que la Luna sufre el impacto de un meteorito y cambia su posición respecto a la Tierra (se sitúa más cerca, por ejemplo).




Según Newton, las fuerzas de atracción de la gravedad son propias de los cuerpos, por lo que la Tierra notaría de forma “instantánea” la nueva posición de su satélite. En 0,0 segundos la Tierra y la Luna se verían atraídas por la gravedad. Es decir, según Newton la atracción de la gravedad se transmite a una velocidad infinita. Esto ahora sabemos que es imposible, pues la máxima velocidad que se da en la naturaleza es la velocidad de la luz.

Además, Einstein no veía lógica alguna en la idea de que los cuerpos actuaran directamente sobre otros cuerpos mediante alguna fuerza invisible, como había descrito Newton en sus estudios sobre la gravedad. Para hacernos una idea de este concepto, imaginémonos un imán cuando atrae un trozo de hierro. No lo hace actuando directamente sobre el hierro a través del espacio vacío intermedio, sino creando algo físicamente real y explicable (y constatable) en ese espacio circundante (en este caso un “campo magnético”) que, a su vez, actúa sobre la pieza de hierro. Con este principio abordó Einstein el concepto de gravedad.

En 1917 publicó su artículo “Consideraciones cosmológicas sobre la Teoría General de la Relatividad”. Lo que en ese artículo dio a conocer al mundo, de no haber sido pensado y expuesto por él, aún podríamos estar esperando que alguien lo hiciera.

Todos los conceptos contenidos en la Teoría de la Relatividad son poco intuitivos y chocan con nuestro cerebro cartesiano. Un tren de 100 m. circulando a la mitad de la velocidad de la luz, para una persona sentada en la estación, tendría tan solo 80. Si ese observador, además, pudiera ver el interior del tren, escucharía como las voces de las personas que viajan en el mismo se alargan como en un disco a bajas revoluciones y que sus movimientos son lentos y pesados. Vería también como las agujas de los relojes de los viajeros funcionan de forma mucho más lenta. Pero, y aquí está la gracia del asunto, la gente del tren no tendría la menor sensación de esas distorsiones. Aunque no es fácil, con un cierto esfuerzo podemos llegar a imaginarlo. Lo que ocurre es que no hay nada de lo que nos rodea y podamos observar que alcance esas velocidades (salvo la luz). Un avión puede alcanzar velocidades de 2.000 ó 3.000 km./h. o incluso algo más, pero eso representa bastante menos de un km/segundo, y la velocidad de la luz recorre 300.000 en ese brevísimo espacio de tiempo. Es decir, son conceptos que se nos escapan porque no podemos observarlos en nuestra vida cotidiana, pero podemos llegar a entenderlos. Lo mismo ocurre con la relación entre masa y energía. Una pelota de béisbol lanzada a 160 km/h aumentará su masa en 0,000000000002 gr. Estos efectos son reales y se han medido, pero para nosotros son imperceptibles. Pueden ayudar a entenderlos otros conceptos de relatividad que sí estamos acostumbrados a percibir. El más claro es el del sonido. Todos conocemos las distorsiones que se producen en el sonido si nos desplazamos o estamos estáticos, o la no simultaneidad de la observación del sonido de los truenos según la situación del observador.

Pero con la Teoría General Einstein fue más allá, hasta el límite de lo irracional. Einstein aplicó un pensamiento lateral al problema de la gravedad y rompió literalmente con las ideas del pasado, dando un paso de gigante en el pensamiento humano. Dedujo que la gravedad no era una fuerza como había dicho Newton, sino la consecuencia de la curvatura del espacio y del tiempo como consecuencia de la presencia de la masa de un cuerpo. Y es esta curvatura la que determina tanto los movimientos de los planetas como la trayectoria de la luz.

En un espacio curvo, además, suceden cosas curiosas que contradicen aspectos que teníamos por “universales y absolutamente irrefutables”. Veamos la siguiente imagen:




En el centro,b), tenemos un triángulo sobre una superficie plana, sin curvatura. En este caso se cumple que la suma de sus ángulos es 180 grados, como todos aprendimos en el colegio. Por otra parte, como parece lógico, en este caso las líneas paralelas nunca llegan a encontrarse. Pero al curvar el espacio puede ocurrir lo que vemos en a) donde una curvatura positiva da lugar a un triángulo cuyos ángulos suman más de 180 grados y a unas líneas paralelas que tienden a chocar, o al contrario, en una curvatura negativa, como en c), la suma de los ángulos de un triángulo es inferior a 180 grados y dos líneas paralelas tienden a separarse.

Tendemos a pensar en espacios planos y líneas rectas por el tamaño del espacio que abarcamos y en el que nos movemos. La percepción de un espacio plano permitió la construcción de todas las leyes geométricas en época de los griegos (el espacio euclidiano). Pero Einstein lo vió de otro modo, en realidad supo ver más allá de sus percepciones. Cuando paseamos por una calle larga y plana, nos parece estar seguros de estar haciéndolo en una línea recta, pero ¿en realidad es así?. Lo es en la medida de lo ínfimo que resulta el espacio recorrido en comparación con la superficie terrestre. Pero si lo viéramos desde las alturas, nos daríamos cuenta que en realidad siempre estamos avanzando a través de líneas curvas, pues así lo exige el espacio en el que nos movemos. Nuestra escala de distancias horizontales es de unos 10 a 50 Km. y de unos 5 a 10 Km. de alto, que corresponde a montañas o aviones en vuelo. La Tierra tiene 6.400 Km. de radio, por lo que a escala humana parece plana. Cuando un avión estima la ruta a tomar en vuelos transcontinentales, lo que está introduciendo en su ordenador no son rectas, sino curvas geodésicas (a las curvas de menor longitud sobre una superficie curva se les da el nombre de «geodésicas»).


En el espacio del Universo ocurre algo parecido. Para entenderlo, imaginemos un colchón de textura blanda. Situemos sobre el mismo, en su centro por ejemplo, una bola de hierro de unos cuantos kilos de peso. Inmediatamente el colchón se “hunde” por el peso de la bola. Este hundimiento crea una depresión alrededor de la bola. Si colocamos diferentes bolas de distintos tamaños y pesos sobre la misma cama, las depresiones que cada una de ellas causarán tendrán efectos sobre las demás. Así por ejemplo, una bola pequeña situada cerca de una gran bola, se verá desplazada hacia ésta última dada la pendiente creada por la depresión mayor. El sol curva el espacio-tiempo a su alrededor y la Tierra sigue esa curvatura en su movimiento de traslación.


Vamos a intentar explicarlo con imágenes:

Cuando no hay gravedad, es decir, si no hay ningún cuerpo en el espacio-tiempo, en una especie de rejilla cuadriculada de dos dimensiones, el espacio sería plano y la forma de cada celdilla sería exactamente la misma:



Si colocamos ahora un cuerpo (una estrella, por ejemplo) en medio de este espacio, la rejilla se curvará adoptando un espacio tridimensional y, además, se verá modificado el tamaño de las celdillas cercanas al objeto:



Veámoslo en otra imagen:



Imaginemos ahora la situación de la Tierra respecto al Sol y lo veremos más claro:



Y veamos cómo se realiza el movimiento alrededor del sol:



O lo que es lo mismo:



Siguiendo con el sencillo ejemplo del colchón, el cosmos podría ser algo así (haciendo un gran esfuerzo por imaginar la situación en todas las dimensiones del espacio y no sólo “plana” como se ve en el ejemplo):




No me resisto a ilustrar este punto con una imagen que ilustra lo compleja, pero a la vez bella, que puede resultar la configuración del espacio en el universo:



Para hacernos una idea, la Tierra, que tiene una masa de 6 × 1024 Kg. y un radio de 6.400 Km., provoca en el espacio-tiempo una curvatura insignificante, casi despreciable. En cuanto al universo, dada su inmensidad, las distancias que se dan en él son casi inconmensurables pero, sin embargo, la cantidad de materia que aloja por unidad de volumen es bajísima cuando se compara con un cuerpo como la Tierra. Si se observa el universo a grandes escalas astronómicas, es decir, a millones de años luz, el espacio que se distingue es casi plano como una hoja de papel, no como el que podemos ver en la ilustración anterior.

El ejemplo del colchón y las bolas de hierro nos facilitan la comprensión de la distorsión del espacio, pero no permiten incluir en el dibujo el concepto del tiempo. Es un ejemplo que se queda a medias, porque lo que Einstein postuló es la existencia del espacio-tiempo, incluyendo a este último como una parte más de las dimensiones del cosmos. Tenemos así un espacio-tiempo tetradimensional (tres dimensiones del espacio más una que es el tiempo). Del mismo modo que se comba el espacio por efecto de los objetos, con el tiempo ocurre lo mismo, lo que lo convierte también en algo relativo. No podemos visualizarlo en las imágenes y, aún más, apenas podemos llegar a imaginarlo en nuestras mentes que están “atrapadas” a conceptos inculcados desde generaciones en nuestra forma de visualizar el cosmos:

O bien de forma “bidimensional”, cuando pensamos en un objeto sobre un plano:



O bien tridimensional, cuando lo que buscamos es una situación en el espacio “real” :



¡Qué familiares nos resultan estos gráficos!. Pero imaginar un espacio-tiempo, eso es otra cosa. Podemos entender fácilmente que un movimiento es un cambio en la posición espacial a lo largo del tiempo. Por otra parte, estamos en un universo en que todo está en continuo movimiento. Por ello, para los físicos, la unión de espacio y tiempo es inseparable. Hoy se concibe el universo como un continuo de espacio-tiempo tetradimensional, en contraposición a la idea que aprendimos en el colegio de considerar por un lado el espacio como un hecho tridimensional y el tiempo como algo distinto, no relacionado con el espacio y, además, inmutable. Por ejemplo, si consideramos el movimiento de un planeta como la Tierra, hemos de tener en cuenta el espacio o lugar que ocupa en cada momento y el tiempo que tarda en pasar de un punto a otro. Tiempo y espacio, siempre unidos, como los vio Einstein en su pensamiento.

Un matemático ruso llamado Herman Minkowski ha intentado representar la
imagen tetradimensional del espacio-tiempo de la siguiente forma:



El dibujo ilustra la órbita de un planeta (la bola roja) alrededor de una estrella (la bola amarilla en el centro). Cada uno de los planos cuadriculados representa la posición espacial en un momento determinado del planeta respecto a su estrella. Los planos sucesivos representan situaciones también sucesivas del planeta a lo largo del tiempo. Este último se representa con el continuo de planos alternativos y se ilustra con la flecha central. La flecha roja señala la trayectoria de la órbita del planeta a lo largo del tiempo. En fin, un poco complejo pero nos ayuda a entender el concepto.

Es un concepto que está en el límite de donde podemos llegar con nuestros humildes cerebros. Imaginar una dimensión que incluya tres partes de espacio por una de tiempo, todo ello entretejido como los hilos de una tela, está más allá de la mente del común de los humanos. Por ello cabe considerar este concepto como una idea enormemente grande para un joven que simplemente observaba el mundo con una visión muy personal.

Del mismo modo, los rayos luminosos procedentes de otras estrellas se curvan cuando pasan por la depresión que genera el sol a su alrededor. Esta fue una de las formas de confirmar estos postulados, ya que dos años después de la publicación de esta Teoría General, el 30 de mayo de 1919, se produjo un eclipse solar que mantuvo en vilo a todos los físicos del mundo, ansiosos por descubrir qué había de cierto en las teorías de Einstein. Y así se comprobó cómo la luz que procedía de otras estrellas, al pasar cerca del sol cambiaba de dirección por efecto de esa curvatura del espacio-tiempo tan difícil de creer e imaginar.

Consideremos una estrella situada en una posición determinada del espacio (E). Esta posición la podemos determinar con facilidad cuando su luz nos llega sin interferencias del sol. Supongamos ahora un eclipse solar, en el momento en que la luna se sitúa entre la Tierra y el Sol. La luz de la estrella nos llega y, si siguiéramos la trayectoria de la estrella de forma lineal nos llevaría a situarla en otra posición (E’). Lo que ocurre en realidad es que la luz de la estrella se “curva” cuando pasa cerca del sol, como vemos representado en la figura C:




Visto de otro modo:




Siendo el origen de la línea roja continua el espacio real de la ubicación de la estrella y el de la discontinua el que se extrapolaría por la inclinación de la luz que nos llega a la Tierra (bola azul).


Pero aún hay más. Con la idea de la curvatura del espacio podemos explicar, por ejemplo, cómo funciona un agujero negro (o al revés, el conocimiento de los agujeros negros permite confirmar los postulados de Einstein). Veámoslo a continuación.

Los agujeros negros
Cuando tiramos un objeto al aire, éste ineludiblemente cae al suelo después. Pero esto sólo es así porque no lo tiramos a la velocidad necesaria. Concretamente, cualquier objeto que saliera disparado de la tierra a 11,2 km/seg. escaparía de la Tierra para siempre. A esta velocidad se la llama “velocidad de escape”.

La Luna, por ejemplo, tiene una “velocidad de escape” estimada en tan sólo 2,4 km./seg. A esta velocidad, nuestro satélite dejaría de dar vueltas a nuestro alrededor y saldría disparado al espacio estelar.

Ahora imaginemos una masa enorme, muy pero que muy enorme, concentrada en un objeto muy pequeño. Según la teoría de Einstein, esta masa enorme pero muy concentrada provocaría una alteración del espacio muy singular. Podemos imaginárnosla de este modo:



Cualquier otro objeto que cayera en semejante depresión espacial tendría que disponer de una gran “velocidad de escape” para poder salir de la misma. Lo que ocurre con los agujeros negros es que esa velocidad necesaria para escapar de los mismos es superior a la de la luz y como ya hemos dicho que nada puede viajar a mayor velocidad que la de la luz… ¡nada puede escapar de la atracción de un agujero negro si tiene la desgracia de acercarse demasiado al mismo!. (No puede escapar ni siquiera la propia luz, por eso les llamamos “agujeros negros”).



Para hacernos una idea, para provocar un agujero negro, la Tierra tendría que concentrar toda su masa en una bolita de tan sólo 9 milímetros de radio. El sol tendría que ser una esfera de 3 km. de radio para provocar lo mismo (si eso ocurriera, no hay que pensar que los planetas del sistema solar caerían sin remedio en ese enorme agujero del espacio, ya que dicen los físicos que para caer en un agujero negro hay que acercarse tanto como el radio del objeto que lo provoca…).

Einstein nunca habló de agujeros negros, pero sus teorías los hacían posibles (y de hecho, todo aquello que es posible, dado lo infinito del Universo tiene que existir). Han tenido que pasar docenas de años para poder tener pruebas claras de su existencia.

El conocimiento de los agujeros negros, además, ha propiciado la investigación de las posibilidades del viaje al pasado. No volveremos sobre este tema, pero veamos unas interesantes imágenes que pueden dar más idea del concepto que un corto comentario:

Dos agujeros conectados que nos desplazan a dos planos espaciales (y temporales) distantes, en una superficie del cosmos que se curva sobre sí misma:












Visto de otro modo:






El Universo podría estar lleno de este tipo de vías rápidas de desplazamiento entre distintos lugares del espacio-tiempo. Incluso se estima que podrían crearse para utilizarlas a nuestro antojo. De momento son sólo teorías incipientes sobre las que están trabajando los físicos, pero en el futuro podrían ser mucho más.



Los conos de luz
Si un pulso de luz es emitido desde un punto concreto del espacio en un momento determinado (ambas cosas son absolutamente necesarias de concretar), la expansión de la luz se producirá en forma de una esfera de luz de manera que, a la millonésima de segundo la luz se habrá esparcido y el radio de la esfera será de 300 mts. A las dos millonésimas de segundo, el radio será ya de 600 mts., y así sucesivamente. Será como las ondas que se extienden por la superficie de un estanque cuando tiramos una piedra. Si imaginamos que cada momento es un corte espacial y ponemos un corte sobre otro, la imagen que nos aparece es la de un cono: ésta es la figura que dibuja el avance de la expansión de la luz en el tiempo a través del espacio. Veamos si soy capaz de explicar en los siguientes gráficos que he dibujado en el ordenador en los que he intentado representar esta visión del universo:


Si pudiéramos realizar una visión superior (desde “arriba”) de ese cono de luz, veríamos lo siguiente:

Y si imaginamos todos los sucesos que están ocurriendo en el universo, la imagen tendría que ser más o menos ésta multiplicada hasta el infinito:


Esta particular visión del Universo tuvo gran trascendencia. Antes de estos postulados de Einstein, se creía en un universo estático, como una especie de marco fijo en que los acontecimientos tenían lugar. Infinito, sí, pero siempre igual. Este concepto dinámico del espacio y del tiempo, así como la especial interrelación que tienen ambos, daba al Universo un dinamismo impensable antes de Einstein. Si bien no fue él el primero que aventuró la idea de una especie de “big-bang” original, fue él quién puso las bases para que otros, muy pocos años después, pensaran en ello y lo teorizaran.


La grandeza de Einstein

Hoy seguimos estudiando en el colegio y utilizando para las cosas prácticas y para comprender el Universo las leyes de Newton, ya que entre sus predicciones y las de las teorías de Einstein apenas hay diferencias en las situaciones que nos afectan en nuestro día a día. Las Leyes de Newton, además, son de más fácil explicación y comprensión (hay una anécdota de los años veinte sobre un conocido astrónomo inglés experto en las teorías de Einstein al que un periodista le dijo que había oído que sólo había tres personas en el mundo que las pudieran entender, a lo que el experto, tras una pausa, replicó “Estoy tratando de pensar en quién es la tercera persona”) .

Por otra parte, en los últimos decenios del siglo pasado, la investigación en física parece haber estado más centrada en el mundo minúsculo de las moléculas que en el macromundo del Universo. Es más, cada paso que se da en el conocimiento de ese pequeño mundo, se contradicen más cosas que parecen estar claras en el mundo “grande”. Como si hubiera dos formas de explicar los fenómenos, una a escala menor, que intenta explicar la física cuántica, y otra a escala mayor, sobre la que Einstein aportó tanto al conocimiento científico. Einstein pasó los últimos años de su vida buscando una teoría que fuera capaz de unificar ambos puntos de vista. Pero esta “Teoría unificadora” o “Teoría del todo”, aunque científicos de todo el mundo llevan decenios tras ella, aún está por descubrir.


Más tarde o más temprano el reinado de Einstein terminará, como terminó el de Newton. La mayoría de científicos piensan que no está lejos el día que otra mente privilegiada nos abra la puerta a nuevas formas de enfocar la visión del cosmos. Ya existen hoy en día un buen número de teorías gestándose, pujando por ser las ganadoras en esta carrera. Un universo con varias dimensiones paralelas con distintas realidades, unas constantes “universales” que pueden ser diferentes en otras dimensiones inabarcables para la observación humana, telas del espacio-tiempo no regulares como las cuadrículas que imaginó Einstein, sino divididas en trozos irregulares e indivisibles, un universo formado por cuerdas vibrantes, etc. Sea lo que sea, nada nos quitará ya la agradable sensación de haber disfrutado durante un siglo de ese genio brillante con aspecto de niño grande que ha representado una especie de modelo de inteligencia al que mirarse.